Ser Faro. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (2ª parte)

Continuamos con el relato de Jordi de Mallorca en la sección denominada “Sueños de un Farero”. Hoy os mostramos la segunda parte de esta interesante historia. Esperamos que os guste.

SER FARO

Dicen que uno recibe lo que da, que recoge lo que siembra y que atrae lo que es. ¿Por qué tanto silencio? ¿Por qué esta ausencia de amistades? ¿Por qué tan pocas ganas de salir adelante? ¿Por qué la poca gente que me rodea está tan reventada? ¿Por la ausencia de deseos propios? ¿Es por eso? ¿Por qué no hay ni deseos ni metas? ¿Por qué mis deseos son siempre para los demás? ¿Es por eso? Es cierto que soy muy complaciente con los demás. Que no paro de dar vueltas como esas lentes Fresnel en mitad de la noche. Que hago tiempo y lo doy todo a quien me da un mínimo de atención. Cambio migajas por oro. Enseguida contesto. Cojo el teléfono a cualquier hora, en cualquier situación. Hago todo lo que me hubiera gustado encontrarme cuando estaba en el mayor y más profundo de los pozos. Justo cuando no había nadie. Y todo esto no funciona en este mundo. La gente pasa hasta de ella misma. Es así. Se evaden, se inventan mil quehaceres con tal de no pensar ni enredarse en otras vidas.

Se por activa y por pasiva que quien quiere estar, está. Soy el vivo ejemplo de esto. Ni en trabajos que me ocupaban gran parte de mi día decía que no tenía tiempo. Solo apartaba a aquella gente que no sabía lo que quería en sus vidas y es justo lo que siento que están haciendo conmigo. Así que yo mismo me estoy respondiendo. Cuando hemos tenido una meta, una razón de ser, por absurda que parezca, no solamente nos hemos sentido mejor, sino que también hemos atraído a otro tipo de gente. Con más valor. Con otras ideas. Aquello resultaba atractivo. Ahora que tenemos tiempo de sobra, que lo quemamos sin razón y que no hay un faro en la distancia, eso mismo resulta ser una actitud esquiva y errónea.

Habrá que cambiar el rumbo. Ya lo hicimos varias veces. Sabemos de qué va todo esto. No va de aparentar. No va de desvivirse para llenar a otros. Debemos querernos a nosotros y llenarnos de amor. ¿Pero cómo? ¿Cómo se hace eso? ¿Dónde se encuentra esa motivación que hace que te levantes de la cama, sin excusas y sin pereza? Hay que hacer cosas, sí, tener deseos y metas a medio, corto y largo plazo. Pero ¿cuáles? Ahora mismo no tengo ni idea. Parece que se me da bien escribir, dibujar, remover emociones enquistadas y hablar por hablar, pero a solas.

A escondidas no se llega a ninguna parte. La mejor de las esculturas deja de tener sentido si queda escondida bajo una tela en el taller. Debemos darnos a conocer, pero no a lo loco. Debemos escribir, pero sin llegar a lo personal. Que siempre quede una pátina de misterio. Contar, pero no del todo. A la gente le gusta completar frases e historias. Por eso nos gustan más los libros. Completamos a los personajes, les damos la fantasía justa para que todo aquello cuadre. Cuanto más fantásticas sean las historias, mejor…

Continuará…

Ser Faro. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (1ª parte)

Os traemos un nuevo relato de Jordi de Mallorca en la sección denominada “Sueños de un Farero”. Seguimos con unas historias muy personales en las que Jordi nos habla desde lo más profundo de su corazón. Este relato es muy amplio, así que hemos acordado con el beneplácito de Jordi dividirlo en cinco partes que, además, vamos a publicar durante cinco semanas consecutivas.

Os recomendamos que sigáis en las redes sociales {Facebook y YouTube} los trabajos de Jordi.

SER FARO

La ansiedad va y viene, no nos deja dormir y luego por la mañana nos deja tranquilos para volver sin aviso por la tarde. Es así de cabrona e imprevisible. Te quita el placer de disfrutar de esos pequeños momentos ante una puesta de sol donde los lentes de un faro van a tomar la acción de la noche. Estás para otras cosas.

De vuelta a casa, caminando se hace camino y no paro de pensar. Pienso, pienso y pienso y ese pensamiento se transforma en una presión en mi cabeza y aparece una flotabilidad en todo el cuerpo difícil de gestionar. Mi pecho se vuelve pesado y mi cabeza jamás descansa, da vueltas, como la lente de ese faro, pero en mi caso sin un motivo aparente. Hablo a solas todo el tiempo. Tengo conversas imposibles, conversas que se que jamás tendré con nadie.

Hace poco me soltaron un: “tú lo que quieras, aquí estoy para lo que haga falta”. ¿Cuál es mi sorpresa? Que cuando soltamos cuatro palabras del millón que llevamos encima, aquellas personas que decían estar para arrimar un hombro, desaparecen. De nuevo andamos a solas. Si hablamos y contamos, lo hacemos de más. Entonces estamos muertos. Si callamos y desaparecemos como ermitaños nos estamos tirando tierra encima. Nos mandan a la psicóloga para que “arreglemos lo nuestro”. Supongo que lo nuestro se arregla hablando, abrazando de corazón y besando. Qué curioso que cuando más necesitamos cariño no hay nadie que nos ampare. Nunca lo hubo y parece que nunca nos hará falta.

Me han llamado neutro y yo soy de extremos. Me siento la última opción antes de naufragar. Cuando la gente está aburrida de aburrirse, entonces cree en mí.

Es curioso que lo hagan siempre en momentos delicados, con cierta desesperación. Me he acostumbrado a ello. A recibir el llanto y la rabia como el que recibe unos buenos días con la mejor de las sonrisas. Hace años que no recibo unos buenos días de corazón, sin ese caballo de Troya que nos meten con calzador, aparecen individuos con problemas que no son problemas y otras emociones que ya cansan a estas alturas…

Continuará…

Polvo de estrellas. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca

Nuevo relato de Jordi de Mallorca en la sección denominada “Sueños de un Farero”. Seguimos con unas historias muy personales en las que Jordi nos habla desde lo más profundo de su corazón. En esta ocasión, queremos agradecerle la modificación que ha hecho para que su historia se ajuste al contenido del blog. Así que de nuevo, -gracias, Jordi-.

Os recomendamos que sigáis en las redes sociales {Facebook y YouTube} los trabajos de Jordi.

Fotografía del cuaderno de Jordi

Polvo de estrellas

Tener un lugar que nos salve del bullicio de la vida es un privilegio estos días. Esa burbuja permite que seas tú. La mía está en un faro. De noche y justo antes de acostarme, dejo que me acaricie el salitre del mar bajo un manto de estrellas. Unos largos minutos son suficientes para curarme las heridas hechas por una realidad que lo destroza todo a su paso. Aquí el tiempo y el espacio se funden en uno solo.

Cada día aprendo algo nuevo sobre esta rara inmensidad a la que me expongo. Debían tener mucha imaginación para ver cazadores, escorpiones, balanzas y carros a partir de pequeños puntitos luminosos. Todavía se me escapan los nombres de cada estrella, sus constelaciones y significados. Me abruma todavía más cuando miro al mundo real. Todo son datos precisos, magnitudes y conceptos difíciles de entender, pero no me importa, yo fantaseo con pasados remotos.

En esta soledad buscada existe una unión extraña y divina. La mente se abre y a pesar de estar en vidas y tiempos distintos, entendemos que al final lo más importante es el presente. No hay números ni ciencia que expliquen esto. Sin querer, hay una predisposición para viajar a otros mundos. En ellos hemos encontrado respuestas a preguntas imposibles y todo eso está ahí, en esa preciosa y brillante cúpula.

Puede parecer un error ir al mismo sitio y a la misma hora una y otra vez para encontrarse a uno mismo, pero te equivocas. Es un portal y al igual que en sueños, cada día es distinto. Habrá tantas preguntas, respuestas, deseos y emociones, como estrellas en el cielo. Estoy seguro que grandes personajes de la historia hicieron lo mismo. Dedicaron unas horas de sus cortas vidas a esclarecer sus mentes, mirando, soñando o imaginando al cosmos. Recordando que somos polvo de estrellas y que en esos ratos de conexión con ellas, es muy bonito decirles a la cara que nos amamos, que no estamos solos y que algún día volveremos a estar junto a ellas.

Jordi de Mallorca

 

El tiempo, los faros y los agujeros negros. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca

Os traemos un nuevo relato a esta sección de Jordi de Mallorca denominada “Sueños de un Farero”. Esperamos que os guste tanto o más que a nosotros. Si no podéis esperar a la siguiente publicación os recomendamos ver en las redes sociales los trabajos de Jordi.

El tiempo, los faros y los agujeros negros

El tiempo no para, sigue a su ritmo y es relativo. Sentimos en carne propia como una misma tarea de diez minutos se puede convertir de forma absurda en meses. Decimos que no depende de nosotros, que nos falta tiempo, que la vida va muy deprisa… Si nos dejamos llevar, por una parte es así y por la otra vemos que nos disfrazamos de excusa para no ver una realidad que siempre estuvo allí. La solución está más cerca de lo que imaginas.

Nuestra energía, al igual que el tiempo es limitada. Deberíamos disfrutar de ese recurso tan escaso para no arrepentirnos. Hacer aquello que nos llene de verdad, nutrirnos con pequeños detalles que llenen el alma. En realidad es lo único que importa. Tenemos ese superpoder y muchos lo desperdiciamos.

¿Cuántos te quiero se han perdido en la nada? ¿Cuántos besos y abrazos se han quedado enquistados en el corazón? ¿Cuántas palabras llenas de amor se quedaron en la punta de la lengua? ¿Cuántas conversas profundas tuviste en los últimos años? Muy pocas ¿verdad? Todas ellas acariciadas por la brisa de un «no tengo tiempo», y en realidad, no cuesta tanto hacer un paréntesis en la vida. Usemos ese superpoder, paremos el tiempo con un beso, un abrazo, un te quiero de verdad o un te amo con locura. Hablemos, besemos, abracemos y digamos lo que sentimos sin miedo. Paremos el tiempo ¿Por qué renunciar a ello?

Dejemos de complacer a los demás por egoísmo o por seguir sus ritmos. Usemos el tiempo para sembrar amor en nuestro jardín y entonces como sí de un truco de magia se tratara veremos que todo lo que nos rodea será un reflejo de lo que somos. No podemos dar si no tenemos nada. Observa a esas personas que son como agujeros negros, como un jardín sin flores. Verás que no sembraron nada. Solo buscaron llenarse con alguien que cubra sus carencias, descuidando lo que debían hacer para que aquello siguiera floreciendo. En realidad dedicarse tiempo a uno mismo es algo que debemos hacer. Si nos descuidamos podemos terminar como uno de esos agujeros negros o jardines sin flores. Hoy en día regarse y cuidarse de puertas hacia dentro es raro, algo así como un lujo.

Algunas almas a pesar de estar en la distancia, son un faro, una luz que debemos seguir o cuidar. Tienen sus propios tiempos. Al contrario que los anteriores, incluso después de fallecer, se hacen inmortales. Su luz sigue encendida. Estén donde estén los sentimos muy cerca. Gente extraordinaria que vale la pena conocer y que por norma general no se quejaba, simplemente vivía, disfrutaba, cuidaba su jardín y enseñaban el camino a seguir por si algún valiente lo quería intentar. Aprendamos de ellos. No es fácil, pero tampoco es imposible.

Lo importante es darnos tiempo, regarnos, soñar, cuidarnos, estar aquí y ahora con quien tenga unos latidos parecidos a los nuestros. Dependerá de ti aprovechar el tiempo, desperdiciarlo, ir hacia la luz o hacia la oscuridad, arrancar flores o sembrarlas, ser un agujero negro o un faro en la noche. Depende de ti, de tu tiempo y de tus actos.

Jordi de Mallorca

«De vuelta al faro» por David G. Sui

Hoy os traemos un relato muy emotivo de la mano de David G. Sui. Este nuevo colaborador reside en Madrid. A David le encantan: la literatura, la poesía y la fotografía [por ese orden]. Nos cuenta que ha realizado varios cursos de relatos con Isabel Cañelles, profesora de escritura y meditación.

David nos agradece que le hayamos brindado la oportunidad de participar en el blog, pero en realidad somos nosotros los que le agradecemos que haya colaborado con nosotros compartiendo este interesantísimo relato.

-De vuelta al faro-

A veces tampoco llevo bien este confinamiento y la tristeza también me moja. Aunque en estos últimos años he aprendido a ponerme un chubasquero y caminar hacia el faro, donde sé que podré calmar y descansar por un tiempo. En el faro me seco, caliento mis pies en la chimenea y miro más allá de la lumbre, con la mirada perdida, recorro mi vida y una media sonrisa ilumina mi rostro. A través de mis enfermedades y las cicatrices que se han quedado dibujadas en la piel y en el alma, aportándome unas dosis de respeto hacia mí mismo y un saber estar alerta y atento a esos pensamientos recurrentes que pueden llevarme al fondo del mar, mientras una opresión en el pecho me puede arrastrar a una nada silenciosa y paralizar mi vida. Ahora me duele la tripa, estoy tenso. El cuerpo me avisa, es hora de cambiar el foco de atención. La lluvia sigue cayendo. Dentro sentado cerca del fuego, en una silla de madera que restauré con mis propias manos, respiro profundamente mientras bebo un té verde y me quedo ensimismado, la lumbre chisporrotea por el azote del viento. Es hora de apagar la luz, abrazar el silencio y volver a la ternura de la inocencia.

David G. Siu

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Linterna del faro de Estaca de Bares (A Coruña), también perceptible por los aviones. Esta foto la hice en el verano del 2021. El faro fue erigido en 1849 a instancias de las autoridades inglesas frente a la línea que deslinda imaginariamente el Atlántico del Cantábrico. Y en el último punto adonde se llega cómodamente está pintada en una roca la latitud (43º 47’) de la punta más boreal de la Península.

«Boon Island» por Fran Sanabre

Un domingo más tenemos un nuevo relato de nuestro amigo Fran Sanabre. Se trata de una historia verídica. Así que, si queréis conocer lo que sucedió hace unos siglos, acompañadnos a Boon Island, un faro aislado en Maine.

Boon Island

No me parece el nombre más apropiado para el escenario de hechos tan macabros, donde el frío, el hambre y la locura, fueron los protagonistas. Hablo de Boon Island o isla Bendición. Y claro, su faro.

En 1682, el Increase naufragaba en este pequeño y yermo banco de arena, obligando a sus cuatro tripulantes a sobrevivir durante un mes a base de pescado y huevos de aves marinas. Fueron rescatados gracias a sus señales de humo, vistas desde la costa. La isla se encuentra a menos de seis millas de tierra firme y ver la salvación tan cerca y, a la vez tan lejos, no debió ser fácil, pero los marineros soportaron estoicamente hasta su rescate a manos de los indios del monte Agamenticus.

No tuvieron un comportamiento tan ejemplar los tripulantes del Nottingham Galley, encallado en el mismo lugar años más tarde, en 1710. Para sobrevivir al duro invierno se vieron obligados a comerse unos a otros.

Había que construir un faro. Un siglo después se levantaba orgulloso el más alto de todo Maine y Nueva Inglaterra, pero los problemas no cesaron. Los fareros duraban poco, abandonando aquella desolada isla para no volver. Sólo uno tuvo la entereza de permanecer en su puesto, William C. Williams, quien además lo hizo durante 27 años, muriendo anciano pasados los 90. Todo esto parece suficiente para declarar maldito este lugar, pero he guardado lo mejor para el final.

En mi trabajo de investigación he encontrado varias versiones de lo que voy a relatar, no siendo ninguna concluyente. Por ejemplo, el nombre de nuestros protagonistas no figura en el registro histórico del faro, así que serán omitidos. Hablo del farero muerto y su esposa enloquecida. En el siglo XIX, en medio de una tormenta durante un duro invierno, el cuidador de Boon Island Light ató una cuerda a su cintura para salir de la casa y atender el faro. La mujer, tras tirar con sacrificio de la cuerda para recuperar a su marido, sólo encontró el cadáver congelado del farero al otro extremo. Ahora es cuando la historia se vuelve todavía más macabra. Se acostó en la cama junto al cuerpo sin vida, alternando su peculiar velatorio con los trabajos de la torre, y así permaneció cinco días, cuidando la luz y durmiendo con un muerto. Al quinto día, unos pescadores divisaron el faro apagado y se acercaron a inspeccionar. Encontraron a la mujer en la cama junto a su esposo. Dicen que ella murió pocas semanas después debido al frío, pero que sigue empeñada en terminar el trabajo que el farero dejó a medias, encendiendo luces y sirenas, custodiando el faro. Así que, cuando pienses en el sacrificio de esos hombres, los guardianes de la luz, no te olvides de sus esposas. Ellas también los tienen bien puestos.

«Se llamaba Rue» por Fran Sanabre

Es domingo y nuestro amigo Fran Sanabre nos ha enviado un nuevo relato. Se trata de una historia espeluznante. Así, que si queréis estremeceros acompañadnos a Heceta Head, un pavoroso faro en Oregón.

Heceta Head

Se llamaba Rue. Al menos ese es el nombre que un grupo de jóvenes obtuvieron tras jugar a la Ouija en el faro de Heceta Head.

En un acantilado de la costa de Oregón se erige este hermoso faro. Allí vivía su cuidador junto a su esposa y su hijo hasta el fatídico día en que sufrieron la mayor pérdida que puede golpear a una familia.

Junto a los árboles cercanos hay una pequeña tumba sin marcar, la del pequeño niño que desapareció y murió ahogado. Sí alguien osara cavar no encontraría cuerpo ni ataúd, sólo tierra y barro.

El fantasma de la mujer permanece en el faro buscando a su hijo sin descanso. Se la ha visto pasear con un vestido oscuro y el cabello largo y cano, haciendo su ronda cada noche. No le gustan los visitantes y mucho menos los cambios… Una vez fueron a pintar el faro, pero los operarios no tuvieron su aprobación y lo hizo saber activando la alarma de incendio. Los hombres quitaron las baterías, pero la alarma siguió sonando.

Así que si visitas Heceta Head no cambies nada de sitio, presenta tus respetos ante la pequeña tumba vacía y no molestes a Rue. Ella no es malvada, sólo una madre que busca a su hijo.

Buenas noches.

«Fanad Head» por Fran Sanabre

Queremos compartir con todos vosotros otro relato escrito por nuestro amigo Fran Sanabre. En esta ocasión, nos transporta con una historia conmovedora a -Fanad Head-, un hermoso faro irlandés .

Fanad Head

Cada año tenían una cita al anochecer en el faro de Fanad Head y cada año, Samuel repetía el mismo ritual: Ducha fría, barba arreglada, traje impecable y camisa blanca, esa camisa que a ella tanto gustaba. Llenaba una cesta de picnic, compraba flores y partía en coche desde Donegal. La civilización iba quedando atrás para dar paso a prados verdes llenos de ovejas, y un viento constante. Para llegar al faro lo hacía a través de angostos caminos por los que apenas pasaba un coche. Rezaba para no encontrarse con otro de frente. Una vez en el faro podía notar la fuerza del Atlántico, era como entrar en otro mundo. De no ser por el helipuerto, recién pintado, todo parecía estancado en el tiempo. Samuel era muy feliz allí. Recogió su llave en recepción, pues existía la posibilidad de alojarse en el faro. Dejó la cesta y las flores, cenó pronto y dio un paseo cerca de los acantilados viendo el atardecer en el mar. Unos delfines saltaron y una ballena asomó el lomo, expulsó una gran nube blanca y se sumergió dando un coletazo. Un espectáculo.

El sol se escondía tras el horizonte y Samuel observaba impaciente, contando cada segundo hasta el destello verde. Cuando no quedaba día, se encendió la linterna del faro de Fanad Head. Era el momento. Fue a su habitación y espero sentado a los pies de la cama con el ramo de flores en la mano. Alguien tocó a la puerta. Era ella.

  • Feliz Samhain, Samuel.
  • Feliz Samhain, Eileen.

Y se besaron, y se abrazaron, y a los pocos segundos todo era ropa por el suelo, pasión desenfrenada y una habitación abarrotada de suspiros, sonrisas y miradas. Hicieron el amor durante horas empañando cristales, empapando sábanas, recorriendo sus cuerpos, saboreando el aliento del otro, aprovechando cada segundo como si fuera el último. Y en mitad de la noche, corrieron desnudos por el prado. La luz del faro acarició sus siluetas, sus pieles blancas, y el viento jugaba insolente con la roja melena de la bella muchacha. Sacaron la cesta de picnic, comieron Barm Back, queso, fruta y mermelada. Hablaron y rieron enamorados. Faltaba poco para el amanecer. Volvieron a la habitación para tumbarse con las caras muy cerca y juguetear con las manos.

  • Estoy cansado, Eileen. Ella sonrió.
  • Cierra los ojos, me quedaré a tu lado.

El sol entraba por la ventana cuando Samuel Murphy despertó y puso la mano sobre el hueco vacío que había en su cama. La habitación estaba inmaculada. Tras asearse y vestirse, dejó el ramo de flores en un jarrón con agua y cerró la puerta.

Al entregar la llave en recepción le preguntaron:

  • ¿Quiere reservar para el año que viene, Mr. Murphy?
  • Por supuesto.
  • Confirmado: La habitación de siempre para la noche del 31 de octubre. ¡Ah! Su nieta ya está esperando.

La joven, que el día anterior había traído a su abuelo hasta Fanad Head, ahora lo llevaba de vuelta a Donegal.

  • Abuelo, no contestes si no quieres, pero ¿es aquí donde murió abuela?
  • Sí, enfermó al poco de tener a tu madre. Yo era el cuidador del faro.
  • ¿Y vienes cada noche de los muertos? ¿Desde cuándo?
  • Desde siempre, hace ya sesenta y dos años.

«Málaga» por Fran Sanabre

Os presentamos otro relato escrito por nuestro amigo Fran Sanabre. En esta ocasión, nos transporta a -La Farola- con una historia desgarradora, pero juzgadla vosotros mismos.

Málaga

El 28 de agosto de 1936 se apagaba La Farola de Málaga y Carmen, llorando apesadumbrada, observaba la oscuridad desde el balcón de su casa. Con una mano secaba su cara y, con la otra, buscaba en el bolsillo una carta.

Mi amada Carmen:

Tres meses sin verte y me parecen años, quién nos iba a decir el día que me fui al servicio militar que la guerra tocaría a nuestra puerta. A mí y a otros soldados de Infantería de Marina nos han destinado al crucero Baleares. Ya no estoy en Cartagena, en el Tercio de Levante. Me tratan bien y surco los mares, como siempre habíamos soñado hacer tú y yo. Me gusta, pero me faltas tú, te echo de menos. No hemos entrado en combate, ojalá nunca lo hagamos. No quiero matar a nadie. Por seguridad no puedo decirte cuál es nuestro rumbo, aunque espero hacer escala en Málaga y poder besarte. Sueño contigo despierto y dormido, en el día que vuelva a tus brazos, en tu pelo, tus labios, tus ojos negros mirando al mar, esperándome.

Llevo tu foto en el bolsillo izquierdo, sobre el corazón, junto a la estampa de la virgen que me dio mi madre. Espero pronto ver la luz de La Farola de Málaga, donde nos besamos la primera vez, así sabré que estoy en casa. Te amo. Siempre tuyo: Antonio.

Carmen, la bella malagueña, estrelló la carta en su pecho y gritó de dolor mientras se ahogaba en llanto. Enloquecida, abandonó la idea de peligro y, decidida, se echó a la calle descalza, sólo con un vestido negro. Ya era de madrugada. Evitó ser vista y se movió como un gato por las calles secundarias al amparo de la sombra y los soportales. No se cruzó con ningún soldado de ronda, algo extraño, y llegó con facilidad a la base de La Farola. Deslizó una horquilla del pelo en la cerradura de la casa del farero y hurgó procurando no hacer ruido. Ya no le importaba nada. Casi una hora después la cerradura cedió y abrió la puerta. Nadie la había descubierto. Subió hasta la torre y encendió la linterna. Se coló hasta la pasarela y observó el mar, como si el Baleares fuera a estar allí, esperando. Luego miró al oeste, a la cuidad, y sonrió ante la belleza de Málaga. Suspiró con los ojos cerrados. Ya no volvería a abrirlos. A lo lejos se escuchó un disparo. Un beso de plomo de un francotirador alcanzaba a Carmen, que cayó sin vida desde lo alto. Todavía se la ve en el Muelle de Levante o en la pasarela de La Farola, siempre mirando al mar, esperando.

En 1993, el último farero de La Farola de Málaga, cerraba la puerta y echaba la llave. Una mujer lo sujetó del brazo. Era una joven malagueña que andaba descalza. Él ya conocía al fantasma. Se preparó para responder, como siempre que ella preguntaba:

  • Farero, ¿quién ganó la guerra?
  • Perdimos todos, Carmen.

«El piano» por Fran Sanabre

Contamos de nuevo con la colaboración de nuestro amigo Fran Sanabre. Hoy nos trae un nuevo relato, apasionante e intenso, pero dejemos que sea él quien nos lo descubra.

El piano

Hoy viajamos hasta el faro de Seguin Island, en Maine, donde un hombre perdió la cordura de la manera más atroz. ¿Nos vamos?

A mediados del siglo XIX, el guardián, que vivía en el faro con su esposa, decidió tener un detalle con ésta, ya que la pobre se aburría demasiado en aquel solitario paraje. Pensó cómo romper la monotonía y tuvo una idea: Comprar un piano.

¡Qué fantástica idea! Ella estaría entretenida y él disfrutaría de la música, música que rompería el silencio de la isla. Un día llegó el piano, estaban ilusionados, iban a ser muy felices con aquel fantástico instrumento.

La esposa del guardián no perdió un segundo y acomodó sus victorianas posaderas en la banqueta, eligió una partitura y comenzó a tocar. Todo era perfecto. Imagino aquella primera noche, ella tocando mientras él fumaba de su pipa en una mecedora, felices. La mujer estaba enamorada de aquella canción, así que la practicó sin descanso, y la practicó, y la practicó… La tocaba una vez, y otra vez, y otra, y otra… Comenzó a ser molesto para su esposo, que le sugirió cambiar de partitura. Ella se negó y continuó tocando lo mismo una y otra vez. Incluso aumentó la intensidad de sus sesiones. La tocaba y volvía a empezar, así durante horas, cada día, sin descanso. Tanta repetición enloqueció a su esposo.

Un día, cegado por la locura, el hombre apuntó con un hacha tanto a su esposa como al piano. Lo que sucedió después bien pudo haberlo escrito Edgar Allan Poe al más puro estilo de “El gato negro”. Sangre y astillas. Por fin silencio. Cuando el guardián del faro recuperó el sentido y supo lo que había hecho se suicidó. Hoy en día, los visitantes de la isla de Seguin dicen escuchar el tintineo de un piano.

El aislado faro de la isla de Seguin