«Portland Head» por Fran Sanabre

Último fin de semana del mes de agosto y último relato de nuestro amigo Fran Sanabre. En este segundo ciclo hemos publicado cinco relatos de sus faros macabros, por lo que en total la serie se cierra con once apasionantes e intrigantes historias. ¿Será el último de verdad? El tiempo nos lo dirá.

Acompañadnos y podréis saber que sucedió en Portland Head lighthouse, un faro estadounidense situado en Cape Elizabeth, Maine.

Portland Head

No voy a escribir, da igual que me lo pidan desde Alemania o Argentina. Y es que no puedo, ¡no puedo! No tengo ideas y siempre estoy cansado, como con sueño. No duermo bien desde.., bueno, nunca he dormido bien. Pero todo comenzó de verdad cuando visité el faro de Portland Head.

Tiempo atrás y con algo de dinero en mis manos, decidí dejar la isla y viajar a Boston para dar una sorpresa a mi amigo Pablo. Sorpresa la mía al saber que se había mudado hasta de país. Habría que aprovechar para hacer turismo y no me lo pensé: ¡Al faro!

Llegué a Fort Williams aquella tarde de septiembre con el museo del faro ya cerrado. No quedaba nadie y pude disfrutar de un momento de paz. La soledad del farero. Me dirigí a la parte trasera de la casa, de cara al mar. Caía la noche.

No me alegré al ver allí a un tipo sentado, mirando al mar. Me habían robado la calma. Debía ser un trabajador del museo porque vestía un uniforme antiguo. En el banco, junto a él, tenía una cuerda. Clavó su mirada en mí cuando comencé a reír.

-¡Joshua Freeman! ¡Qué gran recreación! Si tuvieras licor clandestino para vender ya lo clavas. -¿Quieres un trago? -respondió sacando una gran botella de barro, y allí me quedé, bebiendo a penique por vaso.

Bebí hasta dormirme y despertar allí, en aquel banco, con una resaca de cojones. Estaba oscuro y el faro apagado. -¡¿Hola?! ¡Joshua! -me reí. No debí haberlo hecho. Aquí todo se mezcla en mi cabeza, pero creo que primero fue lo de la placa de hielo.

Escuché golpes en la pasarela de la torre y me acerqué para pedir ayuda cuando un gran bloque de hielo cayó desde lo alto, aplastándome. Desperté sobresaltado en el banco. Menuda pesadilla, pensé.

Necesitaba vomitar. Lo hice en el mar. En la oscura y silenciosa noche, entre arcadas, volví a ser aplastado. Esta vez por el «Annie C. Maguire», que encallaba en la costa (y sobre mi cuerpo) sin avisar. Volví a despertar en el banco.

Tenía que salir de allí. -¡Se acerca la niebla, tocar sirena! -escuché gritar. Parecía la voz de.., ¿un loro? Cada vez entendía menos. La niebla llegó y, tras caminar toda la noche, seguía perdido por la mañana. Morí de hambre en la niebla y desperté en el banco.

Sufrí una y otra vez cada una de las desgracias de la historia de Portland Head, incluso fui aplastado por la campana de niebla una noche de tormenta. Y siempre despertaba en el banco.

Decidí poner fin a todo con la cuerda que Joshua había dejado en el maldito banco, pero volví a despertar allí. No sé cuánto tiempo estuve atrapado en aquella pesadilla y no sé cómo, cuándo ni por qué aparecí en el psiquiátrico de mi isla, donde estoy ahora.

Sólo sé que no he vuelto a dormir, que mi cabeza no va bien, que no puedo concentrarme y… ¿Por qué estaba yo contando todo esto? ¡Ah! Porque no puedo escribir más historias de faros macabros.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es Gonzalo-codina-Portland-head-1040x649.jpg
Gonzalo Codina ha coloreado la fotografía para que el faro no sea tan macabro.

«New London» por Fran Sanabre

Es domingo, y os traemos a esta sección “faros macabros” el cuarto relato de nuestro amigo Fran Sanabre. ¿Hacia dónde nos dirigirá en esta ocasión? Os avanzamos que nos lleva a New London Ledge light en Connecticut, Estados Unidos.

New London

Con la que llevaba encima no le hacía falta tempestad, él solito se las apañaba para que cada recodo de su corto camino desde la cocina hasta la habitación fuera un naufragio. No le importaba el faro de New London Ledge, sólo su propio destino.

A las afueras del puerto de Connecticut se erige esta siniestra obra de ingeniería, un edificio en medio del mar. Maldito, por supuesto. No son pocas las fantasmales voces desesperadas de náufragos que atormentan a los visitantes. Porque el faro se construyó a raíz de tanta muerte, como muchos otros. Y es que un faro es eso; una luz en la más profunda oscuridad. Pero volvamos al farero ebrio. Dicen que se llamaba Ernie. Y no hay registro de él. Al menos yo no lo he encontrado.

Ernie cuidó del faro entre los maravillosos años 20 y los años 30 del siglo pasado. Siento no ser más exacto. Un farero sin tragedia no es un farero: Su esposa se fugó con otro. Por supuesto, Ernie enloqueció. Subió a la torre y se lanzó al vacío. Así que ahora tenemos el fantasma de un farero loco y despechado. Yo ahí no duermo si no es borracho junto a mi amigo el fantasma del farero. Que se desahogue conmigo, que sé escuchar. Por suerte estoy borracho. Además, el cabrón te llama por las noches.

Me cuenta la historia de mil naufragios, de voces de niños y jóvenes doncellas que estarán atrapados en New London Ledge para siempre. Y son muchos. Escucho interesado. Parece que mi actitud despreocupada le molesta. ¡Fantasmas a mí! Ya vengo de vuelta. Así que dejé naufragar a Ernie en su embriaguez, pues seguía ahogando las penas en alcohol aun después de muerto. No puedo juzgarlo, probablemente me pasaría lo mismo por ella. Siempre un amor, siempre un corazón roto. Siempre una mujer.

¿Y yo? Me fui del faro de New London Ledge con pena por mi nuevo amigo el fantasma, nadie merece que lo engañen. Pobre, brindaré por él. Por suerte no tiene necesidad de atraparte en su eterna noche, sólo la quiere a ella.

No todos los espíritus son malvados. No todos buscan compañía a toda costa, como Raymond. No todos buscan a su hijo, como Rue. No todos tocan el piano. Algunos sólo quieren ese amor especial. El amor de ella.

«La Isleta» por Fran Sanabre

Llegamos al ecuador del mes de agosto y nuestro amigo Fran Sanabre sigue deleitándonos con sus relatos. Éstos se incluyen en una sección denominada “faros macabros”. Acompañadnos para saber dónde nos transportará hoy…

La Isleta

¿Recuerdas la primera vez que viste un faro? ¿Que su luz te hipnotizó para siempre? ¿Que te enamoraste sin saber por qué de aquel destello en mitad de la noche? Yo sí me acuerdo; era un niño y el faro era (y es) el de La Isleta.

Mi padre nos llevaba cada fin de semana al campo o a la playa, pasé media infancia en ésta última. Casi me ahogo en la Charca de Maspalomas con dos añitos y vi mi primer tiburón en una playa de Bañaderos. Lo típico. Quizá fue aquel día, el del tiburón muerto en las rocas, que volvíamos a casa por la carretera del norte cuando me fijé por primera vez en aquel brillo a lo lejos.

Yo, niño, cansado de jugar en la playa y con ganas de llegar a casa, aburrido del viaje en coche, «¿queda mucho?», miraba por la ventanilla y esperaba a doblar en algún punto del camino y ver la ciudad de noche pausada como un cuadro. En aquella visión nocturna de mis calles sólo se movían las luces de los coches que iban, venían y desaparecían, pero una perduraba, una luz sobre las montañas de Las Coloradas, una luz que hacía de metrónomo para mi joven palpitar. Era el faro de La Isleta.

Recuerdo aburrirme en el asiento trasero de aquel viejo Subaru hasta el punto de mirar el faro y contar los pulsos: Un destello, seis segundos, tres destellos, seis segundos. Sí, seis segundos (Pridrangar), no fue casualidad.

Así que mi primer recuerdo de un faro es el anhelo de volver a casa, de llegar a puerto, y la alegría de ver su luz y sentirme a salvo.

Esta historia es real.

Os debía una, ¿No? ¿Es porque no hay muertos ni fantasmas? Pues sí que hay, mi padre. Ahora está allá, me mira y se ríe. Todo es mentira, me dijo. Tiene un diente de oro, una barca y las rodillas negras por el sol, pesca a liña.

Una vez iba en chalana y peces martillo lo rodearon con las aletas fuera del agua. En la boda de la hija de un pez gordo para el que trabajaba de chófer me dejó conducir el Rolls Royce antiguo que llevaba a la novia. Muy pequeño, me agarró con ternura de la mano y me llevó al Estadio Insular. Oler el césped por primera vez no se puede olvidar. Vi tantos partidos con él, lo quise tanto… Qué grande mi padre.

Ahora me espera en La Graciosa, en su barca, pescando viejas y sargos de dos kilos, pero no puedo ir, ahora el padre soy yo. Tengo tanto que hacer por tus nietos, tanto que hacer por aquí.., espérame, por favor, basta de llamarme así.

Te quiero, papá, tú eres mi faro.

«Seis segundos» por Fran Sanabre

Primer domingo del mes de agosto y segundo relato de nuestro amigo Fran Sanabre. Vamos a disfrutar dentro de la sección “faros macabros” de un nuevo relato ambientado en un remoto e inaccesible faro. Se trata de Þrídrangaviti, un faro islandés, considerado como el faro más aislado del mundo, pero centrémonos en lo importante…

Seis segundos

Siempre he cortejado a la muerte, pero nunca como aquella noche de tormenta en que, navegando en solitario al sur de Islandia, mi velero se hizo añicos contra las rocas a los pies del faro de Pridrangar.

No soy un hombre temeroso, o al menos no lo era hasta entonces. Ni al doblar el Cabo de Hornos o practicar escalada libre, ni en San Fermín, ni en todas las peleas de bar con las que pretendía llenar mis noches vacías. No. No hasta entonces. No temí cuando las orcas atacaron la pala del timón del «Santa Ana» dejándolo sin gobierno y a merced de la tempestad, ni tampoco al chocar con violencia y hundirme junto a mi barco. No. Tampoco al sentir la presión del agua en mi cuerpo al ser arrastrado a las oscuras profundidades. Me ahogaba, moría, y había aceptado el final, pero algo (o alguien) sujetó mi mano… Y entonces desperté en el faro.

Abrí los ojos como después de un mal sueño y contemplé la total oscuridad. Diluviaba tan fuerte que no escuchaba las olas. Olía a tormenta y mar. Una puerta abierta dejaba colar a un insolente viento cargado de salitre y violentas gotas de lluvia. De pronto, una fuerte luz venció a la noche por un segundo para volver a dar paso a la total oscuridad. Conté hasta seis y el brillo volvió: Era la lente del faro. Miré a mi alrededor, estaba en una pequeña habitación sin muebles ni ventanas, sólo la puerta.

Necesité sólo un momento para verlo todo: Un pequeño generador y una especie de cuadro eléctrico, nada más. Bueno, y la mujer que me observaba sentada en un rincón como si allí no pasará nada.

  • Tranquilo, no tengas miedo.
  • No tengo miedo.
  • No te levantes, te has dado un buen golpe.

Me levanté. Sí que estaba magullado. Salí a comprobar dónde estaba y efectivamente, en lo alto de una roca inaccesible de cuarenta metros de altura. Algo no cuadraba.

  • Necesito que me expliques cómo hemos llegado hasta aquí.
  • Naufragaste y yo te salvé. Escalé la roca contigo a la espalda.

Aquello era imposible, no tenía sentido. Sólo era una joven delgada y no muy alta, pesaría la mitad que yo. Y muy guapa, por cierto. Demasiado guapa. Tanto que no seguí investigando mucho.

  • ¿Y tú de dónde has salido?
  • Del mar.

Medité por unos segundos. Me senté en el suelo, a su lado. Esperé a que la luz la bañara.

  • ¿Estamos soñando?

Oscuridad. Ella esperó también.

  • Depende. Para mí, en cierto modo, esto es un sueño.

Se me hacía más hermosa con cada nuevo destello del faro. Hacía preguntas que ella contestaba ambiguamente mientras yo contaba hasta seis para volver a verla. La importancia de las respuestas cedió a la importancia de su mirada, su boca y su pelo.

  • Eres preciosa.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis….

  • Gracias.

Se había acercado a mí durante el intervalo de sombra. Hice lo mismo. Jugamos a acercarnos mientras no nos veíamos hasta que nuestras bocas rozaron. Mi pecho latía con vida.

Llegaron los besos. Primero despacio, luego no. Su boca era húmeda, caliente y carnosa, su piel, terciopelo, su cadera, el lugar donde mis manos querían descansar para siempre. Si estaba muerto, aquello era el cielo.

Y mientras la tierra giraba, se libraban guerras o se perdía el tiempo en un atasco, mientras todo, lo relevante y lo mundano, pasaba, nosotros nos comíamos escondidos en el lugar más inaccesible y alejado. Los amantes del faro del fin del mundo.

Hicimos el amor hasta el amanecer, hasta mucho después de ver el último destello del faro, apagado automáticamente por la mañana. La tormenta había cesado. Aprovechamos los primeros rayos de sol y nos tumbamos desnudos en el helipuerto.

  • Dime la verdad, eres un fantasma.
  • Nooo.
  • Una sirena.

Ella negó con la cabeza mientras reía.

  • Eres una de esas mujeres foca de las Islas Feroe.
  • Jajaja, no. ¿Me estás llamando foca?
  • -¡No! Dios me libre.

Seguimos allí tumbados riendo hasta que llegó el helicóptero de rescate.

  • Tienes que irte. No preguntes por qué, hay cosas que no se pueden explicar, pero no puedo ir contigo. Todavía no, nuestra hora no ha llegado. Te queda mucho por hacer y por vivir, ya lo entenderás. Volveremos a vernos.
  • No me has dicho cómo te llamas.

A pesar de estar solos, se acercó y me susurró su nombre al oído.

  • Guárdame el secreto. Y ahora cierra los ojos y cuenta hasta seis, como anoche.
  • Y eso hice. Entonces desapareció.

Me quedé allí solo y confundido, con unos minutos para pensar en ella antes de que llegara el rescate. Me había enamorado y ya la echaba de menos. Por un momento me invadió la idea de no volver a verla más y, por primera vez en mi vida, tuve miedo.

Continuará…

«Eldred Rock» por Fran Sanabre

Es domingo y como sabéis solemos dedicar esta día a las actividades culturales: entrevistas con escritores, publicaciones de poesía y, por supuesto, a los relatos de nuestro amigo Fran Sanabre. Desde hoy y durante todos los domingos del mes de agosto vamos a poder disfrutar, dentro de la sección “faros macabros”, de unos relatos muy jugosos.

Eldred Rock

Ponte la rebequita porque hoy nos vamos a Alaska. Aunque de poco hubiera servido la ropa de abrigo a las condenadas almas que se hundieron con el “Clara Nevada” junto a Eldred Rock, en las gélidas aguas del canal Lynn.

Era el 5 de febrero de 1898 cuando el “Clara Nevada”, en plena fiebre del oro, zarpó de Seattle con una tripulación de 40 hombres y 165 pasajeros a bordo. Transportaba una carga de 800 libras de oro (aproximadamente 360 kilos), unos 20 millones de euros de hoy.

Dicen por ahí que también transportaba… ¡Dinamita!

Tras dejar gran parte del pasaje en los campos de oro de Klondike, el buque de vapor continuó rumbo a Skagway con su tripulación y entre 25 y 40 pasajeros, pero nunca llegó a su destino. Chocó durante la noche con una roca al norte de Eldred Rock sin que hubiera supervivientes.

La dinamita… Me pregunto si el barco se habrá ido a pique rápidamente o saltó por los aires envuelto en llamas, porque es un dato que no sé. Me gusta lo de las llamas porque soy un romántico y es más espectacular. ¡E irónico! Arder en medio del mar…

Y hasta aquí la historia del “Clara Nevada”.

¡Ah, el faro, claro! Pues vino después, allá por 1905. Es de primero de farero: ¿Qué se construye en zona de naufragios? Una librería no. Pero el faro de la isla de Eldred Rock, conocida como Nechraje en nativo, no está maldito, que yo sepa. Pero una vez pasó algo:

Una noche, diez años después del naufragio, una fuerte tormenta azotó el faro. Por la mañana, el farero, que salía a inspeccionar los daños, se encontró con la fantasmal figura del “Clara Nevada” varado en la costa, que volvió a desaparecer a la noche siguiente.

Lo que nunca volvió a aparecer fue el oro.

Una llave. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (2ª parte)

Con esta entrada terminamos de compartir el relato de Jordi de Mallorca titulado “Una llave”. Como sabéis publica sus reflexiones y sus vídeos en una sección denominada «Sueños de un Farero». Acompañadnos al -far de Cap Blanc- faro de Cabo Blanco, para conocer el final de este absorbente relato.

-Una llave-

Pierdo el conocimiento con las primeras luces que para mí resultan ser las últimas del día. Lo alargo toda una eternidad. La noche se hace día. No quiero irme cuando estoy bien, porque sé que jamás volveré a vivir ese momento con esa persona. Por eso doy tiempo, por eso escucho. Por eso a veces presto más atención de la que debería y me olvido de mí. No me da miedo vivirlo, ni tiene explicación y quizás es mejor así. Agradezco lo bueno y lo no tan bueno. Quien estuvo, lo hizo en el aquí y el ahora y eso es lo que importa. Nunca me prestaron atención y cuando me la prestan para mí es algo especial. Yo tengo esa llave que me permite cerrar por fuera cuando sea necesario, cuando sienta que ya no hay nadie al otro lado, cuando sienta que lo especial era solo imaginación.

Me dicen muchas cosas: que sea más abierto, que tenga más amistades, que me mueva más, que abra otras puertas, que cierre otras, que haga y aquí entra en juego esa segunda y no menos importante llave imaginaria. Me han dicho que abre un corazón. Es solo uno y muy especial. Al principio no sabía muy bien ni donde guardarla, ni cómo usarla, pero la llevo conmigo, es ligera. Es algo muy, muy especial. Abre el corazón de una vida que vuela de aquí para allá, que brilla mucho, que a veces se apaga, pero luego se vuelve a encender y lo hace con más fuerza que antes. Tiene sus dudas, como todos, sus miedos, sus puntos débiles y fuertes. Y yo tengo esa llave que abre ese corazón cuando lo sienta. Soy muy indeciso y me dan eso que vale tanto. Todavía no la he utilizado. La tengo ahí, guardada y al alcance de la mano, por si en uno de esos momentos se cruza en mi camino y decide que es aquí y ahora cuando debe abrirse ese corazón. No sé muy bien lo que lleva dentro, pero se me antojan cosas bonitas.

Seguiré abriendo tantos faros como pueda, cerrando tantas puertas como sea necesario, perseguiré sin cansarme las primeras luces del día, me fijaré en cada atardecer como si fuera el último y seguiré huyendo de mí mismo el tiempo y las veces que hagan falta. Seguiré a lo mío, sacando fotos al vacío del horizonte para una gran minoría, pediré deseos a las estrellas, abriré la puerta de casa al llegar de alejarme de la nada hasta que se caiga a pedazos mi vida aun sabiendo que detrás de ella nadie me espera, pero que, si cruzo otra puerta con menos miedo y más ganas, sabré que sí hay alguien que me recibe con un abrazo sincero y un corazón abierto. Lo bueno de tener una llave imaginaria es que nunca la voy a perder. Es más, guardo una copia en mi corazón porque sé que allí dentro no existe el olvido.

Jordi de Mallorca

Una llave. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (1ª parte)

Jordi de Mallorca ha compartido en la sección denominada «Sueños de un Farero» tanto vídeos como relatos. Hoy, toca mostraros un relato titulado “Una llave” en el que Jordi además de redactar una historia apasionante ha cuidado hasta el último detalle en su presentación, puesto que se ha desplazado al -far de Cap Blanc- faro de Cabo Blanco, con una llave y la ha fotografiado.

Dada la extensión del relato, hemos decidido junto con Jordi en dividirla en dos entradas.

-Una llave-

Nadie te obliga a nada. Nadie te obliga a darlo todo, a ser tú delante de auténticos desconocidos o seguir tirando de ese circo que me monté donde no hay ni público. Lo tuyo es tuyo y a veces te ves envuelto en momentos y lugares con los que no pensabas, con los que no contabas, con los que compartes tus adentros, que no sabías ni que tenías.

Una llave parece poca cosa, es un trozo de metal con unas formas peculiares, que ocupa poco, que abre mucho y que en buenas manos es un bonito regalo. Por ahora tengo dos llaves. Una la guardo en mi bolsillo de la suerte. Así lo llamo a ese compartimento izquierdo de mi maillot. Está ahí porque el lado izquierdo me recuerda a la irracionalidad, a lo inesperado, a lo intangible. En esos tres compartimentos descansan el móvil, algunos geles, documentos que afirman que soy yo, por si se me olvida quien soy, y las llaves de casa.

El móvil deja de existir unas once horas a la semana, salvo en contadas ocasiones donde se usa para plasmar un momento de luz, un azul turquesa, una puesta de sol o un suspiro que pueda transmitir algo a quien esté al otro lado. Sé que es una batalla perdida, que con cada gesto o pantallazo es un vivir de cara a los demás, que el aquí y el ahora, los aromas, la luz y los colores son intransferibles por una minúscula ventana, pero algo es algo. Los papeles, los geles y el manojo de llaves que abren la puerta de mi casa son solo un lastre en el viaje.

Lo que importa de verdad son esas dos llaves que desde hace un tiempo se vienen conmigo a todas partes, haga sol, llueva, haga frío, viento… da igual. Siempre, siempre, siempre se vienen conmigo. Una de ellas es tangible, la otra es un poco más especial. La tangible me han dicho que es la llave de “El Faro”. Me la dieron en Madrid, donde existe un faro sin mar y que vino de manos de una farera que habita en ese faro. Yo suelo acostarme tarde y siempre digo aquello de “cierro por fuera”. Tengo esa mala costumbre de quedarme un rato más y que me ha ido acercando a gente muy peculiar, con luz propia y que nunca apaga a los demás.

Continuará…

Ser Faro. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (5ª parte)

¡Amigos! La última entrega se ha hecho de rogar. Tenemos que comentaros que hoy finaliza el fascinante relato escrito por Jordi de Mallorca. Como bien sabéis, lo ha publicado dentro de la sección denominada “Sueños de un Farero”.

SER FARO

Todos queremos ser faros, pero pocos tenemos la fortaleza, el compromiso y la capacidad de dar luz en momentos delicados. Hay que ser muy fuertes para atravesar la oscuridad, la tormenta y la niebla sin dudar. Hay que ser muy fuertes para brillar con luz propia, muy valientes para hacerlo a cara descubierta y muy valiosos para no pisar a nadie por el camino sin ensombrecer a nadie. Por naturaleza el ser humano es envidioso, egoísta, mediocre, vanidoso, narcisista, manipulador… Copiará conductas con tal de agradar al que le interesa, dejará de lado los sentimientos, se volverá un psicópata si hace falta por alcanzar unas metas que en muchas ocasiones ni se merece.

En mi cabeza quiero ser faro. También creo que ahora mismo no me lo merezco, que me viene grande esa tarea y quizás sea otro imposible, como aquello de ser feliz, pero quiero pedir ese deseo para mí. Quizás tenga que dejar de perseguir y dejarme encontrar, como hacen los faros. Ellos están allí, soltando su luz. No depende de ellos su buen o mal uso. Dan todo lo que tienen sin pedir nada a cambio. Una simple advertencia constante que si es ignorada trae consecuencias. Me quiero arriesgar, quiero afilar mis pensamientos y con ellos mis palabras para que algún día pueda ponerlas en el lugar adecuando y con la persona indicada. Sin cansarme, sin esperar nada de nadie. Será difícil, pero no imposible.

Quiero ser luz para vencer a la oscuridad, alejarme de personas que son pura fantasía, aprender, equivocarme, fracasar, dejar de escribir y empezar a vivir para sentirme vivo. Creo que se trata de eso. De dejarse de tonterías y dejarse vivir. Mi único miedo es hacerlo solo y que mis actos caigan al vacío del mar. Pero me tengo a mí, con eso será suficiente.

Jordi de Mallorca

Ser Faro. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (4ª parte)

Continuamos compartiendo el relato de Jordi de Mallorca en la sección denominada “Sueños de un Farero”. Hoy os mostramos la cuarta parte. Desgraciadamente, estas reflexiones van llegando a su fin, pero mientras tanto sigamos disfrutando.

SER FARO

Hay más grupos, con más ideas y más complejos, pero no quiero extenderme. Los hay que pueden hablar horas y horas y horas. Lo hacen saltando de un tema a otro sin terminar de cerrar el anterior. Es como ir abriendo cajones de forma frenética sin sacar nada de ellos. Suelen apropiarse de pensamientos ajenos. La propia crítica les irrita bastante. Siempre llevan su verdad por delante y no están abiertos al cambio. Lo más destacable de este segundo grupo es que a pesar de hablar mucho, no dicen nada, no hay profundidad en el discurso y enseguida ya saltan a otro tema. Suelen llevar el ritmo de la conversa y si les das cuerda no tienen tope, no van a parar. Yo he estado en este grupo muchas veces.

Algunos creo que lo hacen por aburrimiento, por falta de amistades y por falta de empatía. Se sumergen en un tema, no tienen con quien hablarlo y luego explotan delante del primero que pasa por allí o pone la oreja sin que nadie haya preguntado por ello. Eso es un grave error. Lejos de agradar lo que se consigue es el efecto contrario. A nadie le gusta saludar con un tímido ¡hola! y recibir la cuarta entrega del Señor de los Anillos en una llamada, en un mensaje o en un audio infinito.

Tanto el primer grupo como el segundo son peligrosos. Un simple «hola» se puede convertir en horas de conversa vacía y yo detesto eso. Por eso, hay que aprender a decir que no y poner límites. Nuestro tiempo es lo más valioso que tenemos. Detesto hablar de los demás, de política, de deporte, del tiempo, de economía y de tantas otras cosas que son cíclicas y que no llevan a ninguna parte. Hablemos de la vida. De lo raro que es todo esto. De si hay vida antes de la muerte. Hablemos de nosotros sin caer en el egocentrismo. Compartiendo. ¿Pero con quién? ¿A quién le damos esa llave tan importante?

En el fondo me gustaría formar parte de un tercer grupo. De aquellos que hablan poco, pero que cuando lo hacen es porque de verdad tienen algo que contar. Nutren, saben lo que dicen, lo que quieren y rara vez se equivocan. Lo tienen muy claro. Ese tercer grupo es oro. Yo creo que existen, pero se esconden para que no los atrapen los del primer y segundo grupo. Tiene su lógica. Si eres valioso, irán a por ti. Por otra parte, si sabes tu valor jamás vas a desperdiciar tu tiempo y tus ganas y aquello que te ha costado tanto conseguir con individuos vacíos. Si estás lleno de amor, de respeto, de confianza y de buenas acciones, sería absurdo quemar lo que más quieres con aquellas personas que son un agujero negro…

Continuará…

Ser Faro. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (3ª parte)

Proseguimos con el relato de Jordi de Mallorca en la sección denominada “Sueños de un Farero”. Hoy os mostramos la tercera parte de esta historia que sigue cautivándonos. Esperamos que os guste tanto o más que las anteriores.

SER FARO

Se podría decir que el guion de la vida está mejor escrito que cualquier libro, serie o película porque nos sorprende. Aprendamos de ello. Me apetece romper el hielo, ver patrones y sobre todo aprender para no caer en las mismas trampas de siempre. Hay que dejarse sorprender. A fin de cuentas si supiéramos nuestro destino nos volveríamos locos.

A veces desearía ser el geógrafo del Principito. Alguien que sabe un poco de todo sin necesidad de desplazarse y en parte me siento así. Al igual que el personaje, a mí también me falta moverme del sitio, explorar otros mundos, tener otras conversas que no sean conmigo mismo y así dejar de intoxicarme con mis pensamientos viciados y en bucle. Quiero absorber otras ideas y nutrirme de otros mundos. Quiero dejarme sorprender y si hay que volverse un poco locos, lo acepto.

Siempre tengo muchos prejuicios al conocer a alguien nuevo. Les hago una radiografía de poca resolución. Con apenas un esbozo ya hay un descarte. Por norma general, ese esbozo suele llevarme cerca de hora y media de conversa. Considero que ese es el tiempo necesario que utiliza una persona normal para definirse como ser humano antes de caer en repeticiones o subirse por las ramas. Los hay que sacan un trauma a los 20 minutos de monólogo. Para mí son individuos rotos. Sobre todo si sucede en un primer contacto. Suelen ser victimistas. El mundo va en contra suya. Por supuesto, los hay que sacan todo su arsenal en pocos minutos, no se pueden aguantar y en pocos silencios la persona ya no tiene mucho que contar volviendo una y otra vez al punto de partida y remarcando lo evidente. Lo más lógico que se puede hacer en este primer grupo es alejarse de ellos. No suelen buscar soluciones ni cambios. Solo se centran en los problemas. Desean que por arte de magia los demás los entiendan y que el mundo cambie por ellos. Es un imposible que yo no voy a aceptar…

Continuará…