Bajo el mismo cielo. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca

Os traemos un nuevo e interesante relato de Jordi de Mallorca dentro de una sección denominada «Sueños de un Farero». En ella, como sabéis, Jordi escribe y graba vídeos. En estos relatos, Jordi plasma sus pensamientos y divagaciones, aquellos que normalmente surgen en las acciones cotidianas o mientras da pedaladas por su querida isla de Mallorca.

Bajo el mismo cielo

Al ser humano le gusta encerrarse en sus propios pensamientos y lo lleva haciendo desde que mira a las estrellas. Hacerse preguntas incómodas podría ser sinónimo de hereje. Que curioso que signifique de libre pensamiento”.

Enjaulados. Así nos quieren. Que siempre haya alguien que decida y piense por nosotros. Es mucho más cómodo vivir en automático. En cierta forma, puede que nos ayude a sobrellevar lo de estar en medio de la nada o a lo de ser insignificantes. Tanto como nuestros pensamientos.

Por no pensar en ese vasto vacío creo que han surgido fábulas, cuentos o historias que en su culto se transformaron en religiones. Quien tenía dos dedos de frente entendía las referencias y los que iba justo de mollera quedaba inmersos en la sencillez del relato. En ambos bandos tratan de apaciguar la mente.

Imagina por un instante que no hay nada. Tampoco lo había antes de nacer. Esa certeza la tengo presente desde hace años. Vivimos en un absurdo. ¿Cómo lo digieres?¿Da angustia verdad?

Desaparecemos muy rápido. Somos el último recuerdo de quien nos piensa. Más allá del tiempo, aunque queden escritos, fotos o vídeos de nosotros, nuestra esencia, aquello que nos define, desaparecerá. Así de simple.

Sigo mirando a las estrellas y me hago preguntas. A veces desearía compartirlas con alguien y volvemos a caer en lo mismo. Parece que todo el mundo va con prisas a ninguna parte y luego tienen tiempo y dinero para entretenimientos perpetuos, metas infinitas y dejan a un lado lo más obvio. Que el reloj de arena no para y que este preciso instante, por más que vuelvas a girar la ampolla, jamás volverá.

¿Somos conscientes de ello o preferimos evadirlo? ¿Por qué nos perdemos en detalles que no importan? ¿Cuándo y con quien hablamos de lo que de verdad nos importa? ¿Tienen miedo? ¿Por qué cuesta tanto tener una conversación?

Quizás solo había que mirar a las estrellas y hacerse preguntas. No para obtener respuestas, sino para no dejar nunca de ser curiosos, de pensarse. Porque el día que dejamos de hacernos preguntas empezamos a morir lentamente.

Jordi de Mallorca.

Oro olímpico en infamia. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca

Jordi de Mallorca nos deleita con un nuevo relato que ha publicado dentro de una sección denominada «Sueños de un Farero». En ella, como sabéis, Jordi escribe y graba vídeos. Los relatos reflejan sus pensamientos y divagaciones que surgen mientras da pedaladas por su querida isla de Mallorca.

-Oro olímpico en infamia-

La envidia, los celos, la opinión sin consentimiento, la crítica destructiva… son auténticas disciplinas olímpicas en España. Conseguimos el oro sin ninguna duda.

La acción de hacer daño por cualquier medio también es deporte nacional, incluso el humor. Hasta ahí han llegado los tentáculos del poder. Poniendo límites a lo absurdo. Adjudicando plazas de arlequín a auténticos gilipollas que terminan entre la espada y la pared por un par de monedas.

Con tal de complacer a sus amos son capaces de reírse en la cara de cualquiera. Antes, al menos solo tenían que rendir cuentas a una persona. Ahora no piensan en las consecuencias porque como mucho pondrán a otro mono y a seguir con las risas.

Ya no se esconden. Su misión no es otra que la de distraer un rato más, ser el centro de atención, una cortina de humo tras tanta corrupción y escándalos políticos. Una pérdida de tiempo disfrazada de payaso.

Estos nuevos arlequines jamás conocieron que es la vergüenza, que esta bien y que es el humor. Puede que se perdieran aquella clase en la que alguien, en un alarde de picaresca quiso reírse de la autoridad y esta, muy avispada, les soltó aquella frase que algunos recordarán con nostalgia. “A ver Señor/Señorita (introduzca su apellido) cuéntenos que es tan gracioso al resto y así podremos reírnos todos juntos”. El silencio era evidente.

Quizás olvidaron ese detalle. Que el humor nos incluye a todos, que no es cosa de bandos o ideologías, que no hay que reírse de sino con y que jamás debería hacerse servir como una arma arrojadiza.

Jordi de Mallorca

Los silencios perdidos. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca

Hacía mucho tiempo que no compartíamos un relato de Jordi de Mallorca, demasiado para nuestro gusto. Pero bueno, no nos lamentemos porque aquí tenemos su última creación. Os recordamos que Jordi escribe y graba vídeos que publica dentro de una sección denominada «Sueños de un farero». En ellos refleja sus pensamientos; la mayoría surgen mientras da pedaladas por su querida isla de Mallorca.

-Los silencios perdidos-

¿A dónde vamos con tanta prisa? ¿En qué momento había que correr tanto? Hasta hace bien poco uno podía escuchar la radio de noche sin prisas.

Cada programa tenía su cadencia, las palabras ocupaban su lugar, su peso, se decía algo y sobre todo se escuchaba. Fue como si la noche ordenara el caos del día para volver a empezar desde cero.

Es algo necesario. “El Loco de la colina”, “Afectos matinales”, “Hablar por hablar”, “El Faro”, “Contigo dentro” … Todos con su voz, su ritmo y dándole la importancia justa a la palabra, al invitado, al oyente y al silencio.

Lo echo de menos. Tengo que reconocerlo. Uno no es consciente de lo que tiene hasta que lo pierde. Fui un tipo con suerte. Alguien que estuvo despierto de noche para entender al mundo, para entender la vida y no la entiendo sin lo más valioso que nos puede dar la noche. Sus silencios. Sin ellos no hay principio ni final, solo ruido.

La radio de noche era una maestra en ese campo. Es como si se hubieran olvidado que hay personas al otro lado del dial despiertas, esperando que alguien les dé un suspiro de esperanza, sin tantas prisas, sin tanto estímulo.

Hacer radio de noche para los que vendrán después nunca lo he entendido. Una copa de vino no tiene el mismo valor si la tomas en un chiringuito abarrotado de gente o la compartes con el amor de tu vida bajo la luz de la Luna. Hemos pasado de una agradable charla entre amigos de toda la vida a una lonja donde apenas se entiende al locutor o a donde quieren llegar.

Seré un nostálgico, pero es que, tras un largo periodo de oscuridad, una noche de verano, cuando lo creía todo perdido escuché una voz, le dije lo que sentía de corazón y sentí que no estaba solo. Que había alguien al otro lado de la radio. Esa sensación aún perdura y me hace entender que no está todo perdido.

A pesar de estar corriendo hacia ninguna parte todavía quedan algunos rincones donde está permitido pensar, hablar, escuchar y dar espacio al silencio.

Qué fortuna ¿no?

Jordi de Mallorca

Bonus track de «Portland Head» por Fran Sanabre

Primer domingo de septiembre y hay cosas que no cambian, puesto que nuestro amigo Fran Sanabre continúa deleitándonos con sus relatos. En esta ocasión nos narra el origen de

Portland Head

Hay una cosa que no dije sobre Portland Head, algo que pasó en la niebla. No tiene nada que ver con la historia, pero merece la pena contarlo, así que volvamos a mi pesadilla. Volvamos a Boston.

¡Mi primer spin off, yuju! Si quieres, primero puedes leer esto para ponerte al día.

https://www.losfarosdelmundo.com/portland-head-por-fran-sanabre/

Vale. La niebla, ¿no? Ahí estaba yo, caminando por el mundo sin saber a dónde y sin llegar a ninguna parte, perdido. Llevaba días así. El hambre y la sed golpeaban duro y mi cerebro, traicionero, me hablaba de la muerte en aquella soledad eterna.

Lo de la niebla fue muy largo, demasiado. Para la próxima me matan rapidito, por favor. Por suerte sí que encontré a algunas personas allí, en el vacío, aunque de poco sirvió, nadie me ayudaba. Lo bueno es que me dejó una anécdota simpática.

Entre las pocas que vi, una de aquellas personas estaba de pie ante un lienzo sobre un caballete. Era un tipo de mediana edad, alto, alopécico, de ojos claros y mirada triste, con una tímida sonrisa queriendo escapar por la comisura de sus labios.

Comencé a hablar sin parar, dando voces y gesticulando, pero sólo obtenía silencio por respuesta. Quizá alguna educada sonrisa o una condescendiente caída de ojos. Me dió agua y algunas galletas.

-¿Qué pintas? -pregunté.

Sin decir palabra, señaló a mi espalda: ¡El faro!

Corrí hacia él. A riesgo de perderlo de vista en mitad de la niebla (y así fue), me di la vuelta para preguntar a mi nuevo amigo por su nombre.

-Edward -respondió-, y ahora vete, por favor, necesito estar solo.

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Lighthouse and buildings. Edward Hopper (1927)

«Portland Head» por Fran Sanabre

Último fin de semana del mes de agosto y último relato de nuestro amigo Fran Sanabre. En este segundo ciclo hemos publicado cinco relatos de sus faros macabros, por lo que en total la serie se cierra con once apasionantes e intrigantes historias. ¿Será el último de verdad? El tiempo nos lo dirá.

Acompañadnos y podréis saber que sucedió en Portland Head lighthouse, un faro estadounidense situado en Cape Elizabeth, Maine.

Portland Head

No voy a escribir, da igual que me lo pidan desde Alemania o Argentina. Y es que no puedo, ¡no puedo! No tengo ideas y siempre estoy cansado, como con sueño. No duermo bien desde.., bueno, nunca he dormido bien. Pero todo comenzó de verdad cuando visité el faro de Portland Head.

Tiempo atrás y con algo de dinero en mis manos, decidí dejar la isla y viajar a Boston para dar una sorpresa a mi amigo Pablo. Sorpresa la mía al saber que se había mudado hasta de país. Habría que aprovechar para hacer turismo y no me lo pensé: ¡Al faro!

Llegué a Fort Williams aquella tarde de septiembre con el museo del faro ya cerrado. No quedaba nadie y pude disfrutar de un momento de paz. La soledad del farero. Me dirigí a la parte trasera de la casa, de cara al mar. Caía la noche.

No me alegré al ver allí a un tipo sentado, mirando al mar. Me habían robado la calma. Debía ser un trabajador del museo porque vestía un uniforme antiguo. En el banco, junto a él, tenía una cuerda. Clavó su mirada en mí cuando comencé a reír.

-¡Joshua Freeman! ¡Qué gran recreación! Si tuvieras licor clandestino para vender ya lo clavas. -¿Quieres un trago? -respondió sacando una gran botella de barro, y allí me quedé, bebiendo a penique por vaso.

Bebí hasta dormirme y despertar allí, en aquel banco, con una resaca de cojones. Estaba oscuro y el faro apagado. -¡¿Hola?! ¡Joshua! -me reí. No debí haberlo hecho. Aquí todo se mezcla en mi cabeza, pero creo que primero fue lo de la placa de hielo.

Escuché golpes en la pasarela de la torre y me acerqué para pedir ayuda cuando un gran bloque de hielo cayó desde lo alto, aplastándome. Desperté sobresaltado en el banco. Menuda pesadilla, pensé.

Necesitaba vomitar. Lo hice en el mar. En la oscura y silenciosa noche, entre arcadas, volví a ser aplastado. Esta vez por el «Annie C. Maguire», que encallaba en la costa (y sobre mi cuerpo) sin avisar. Volví a despertar en el banco.

Tenía que salir de allí. -¡Se acerca la niebla, tocar sirena! -escuché gritar. Parecía la voz de.., ¿un loro? Cada vez entendía menos. La niebla llegó y, tras caminar toda la noche, seguía perdido por la mañana. Morí de hambre en la niebla y desperté en el banco.

Sufrí una y otra vez cada una de las desgracias de la historia de Portland Head, incluso fui aplastado por la campana de niebla una noche de tormenta. Y siempre despertaba en el banco.

Decidí poner fin a todo con la cuerda que Joshua había dejado en el maldito banco, pero volví a despertar allí. No sé cuánto tiempo estuve atrapado en aquella pesadilla y no sé cómo, cuándo ni por qué aparecí en el psiquiátrico de mi isla, donde estoy ahora.

Sólo sé que no he vuelto a dormir, que mi cabeza no va bien, que no puedo concentrarme y… ¿Por qué estaba yo contando todo esto? ¡Ah! Porque no puedo escribir más historias de faros macabros.

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Gonzalo Codina ha coloreado la fotografía para que el faro no sea tan macabro.

«New London» por Fran Sanabre

Es domingo, y os traemos a esta sección “faros macabros” el cuarto relato de nuestro amigo Fran Sanabre. ¿Hacia dónde nos dirigirá en esta ocasión? Os avanzamos que nos lleva a New London Ledge light en Connecticut, Estados Unidos.

New London

Con la que llevaba encima no le hacía falta tempestad, él solito se las apañaba para que cada recodo de su corto camino desde la cocina hasta la habitación fuera un naufragio. No le importaba el faro de New London Ledge, sólo su propio destino.

A las afueras del puerto de Connecticut se erige esta siniestra obra de ingeniería, un edificio en medio del mar. Maldito, por supuesto. No son pocas las fantasmales voces desesperadas de náufragos que atormentan a los visitantes. Porque el faro se construyó a raíz de tanta muerte, como muchos otros. Y es que un faro es eso; una luz en la más profunda oscuridad. Pero volvamos al farero ebrio. Dicen que se llamaba Ernie. Y no hay registro de él. Al menos yo no lo he encontrado.

Ernie cuidó del faro entre los maravillosos años 20 y los años 30 del siglo pasado. Siento no ser más exacto. Un farero sin tragedia no es un farero: Su esposa se fugó con otro. Por supuesto, Ernie enloqueció. Subió a la torre y se lanzó al vacío. Así que ahora tenemos el fantasma de un farero loco y despechado. Yo ahí no duermo si no es borracho junto a mi amigo el fantasma del farero. Que se desahogue conmigo, que sé escuchar. Por suerte estoy borracho. Además, el cabrón te llama por las noches.

Me cuenta la historia de mil naufragios, de voces de niños y jóvenes doncellas que estarán atrapados en New London Ledge para siempre. Y son muchos. Escucho interesado. Parece que mi actitud despreocupada le molesta. ¡Fantasmas a mí! Ya vengo de vuelta. Así que dejé naufragar a Ernie en su embriaguez, pues seguía ahogando las penas en alcohol aun después de muerto. No puedo juzgarlo, probablemente me pasaría lo mismo por ella. Siempre un amor, siempre un corazón roto. Siempre una mujer.

¿Y yo? Me fui del faro de New London Ledge con pena por mi nuevo amigo el fantasma, nadie merece que lo engañen. Pobre, brindaré por él. Por suerte no tiene necesidad de atraparte en su eterna noche, sólo la quiere a ella.

No todos los espíritus son malvados. No todos buscan compañía a toda costa, como Raymond. No todos buscan a su hijo, como Rue. No todos tocan el piano. Algunos sólo quieren ese amor especial. El amor de ella.

«La Isleta» por Fran Sanabre

Llegamos al ecuador del mes de agosto y nuestro amigo Fran Sanabre sigue deleitándonos con sus relatos. Éstos se incluyen en una sección denominada “faros macabros”. Acompañadnos para saber dónde nos transportará hoy…

La Isleta

¿Recuerdas la primera vez que viste un faro? ¿Que su luz te hipnotizó para siempre? ¿Que te enamoraste sin saber por qué de aquel destello en mitad de la noche? Yo sí me acuerdo; era un niño y el faro era (y es) el de La Isleta.

Mi padre nos llevaba cada fin de semana al campo o a la playa, pasé media infancia en ésta última. Casi me ahogo en la Charca de Maspalomas con dos añitos y vi mi primer tiburón en una playa de Bañaderos. Lo típico. Quizá fue aquel día, el del tiburón muerto en las rocas, que volvíamos a casa por la carretera del norte cuando me fijé por primera vez en aquel brillo a lo lejos.

Yo, niño, cansado de jugar en la playa y con ganas de llegar a casa, aburrido del viaje en coche, «¿queda mucho?», miraba por la ventanilla y esperaba a doblar en algún punto del camino y ver la ciudad de noche pausada como un cuadro. En aquella visión nocturna de mis calles sólo se movían las luces de los coches que iban, venían y desaparecían, pero una perduraba, una luz sobre las montañas de Las Coloradas, una luz que hacía de metrónomo para mi joven palpitar. Era el faro de La Isleta.

Recuerdo aburrirme en el asiento trasero de aquel viejo Subaru hasta el punto de mirar el faro y contar los pulsos: Un destello, seis segundos, tres destellos, seis segundos. Sí, seis segundos (Pridrangar), no fue casualidad.

Así que mi primer recuerdo de un faro es el anhelo de volver a casa, de llegar a puerto, y la alegría de ver su luz y sentirme a salvo.

Esta historia es real.

Os debía una, ¿No? ¿Es porque no hay muertos ni fantasmas? Pues sí que hay, mi padre. Ahora está allá, me mira y se ríe. Todo es mentira, me dijo. Tiene un diente de oro, una barca y las rodillas negras por el sol, pesca a liña.

Una vez iba en chalana y peces martillo lo rodearon con las aletas fuera del agua. En la boda de la hija de un pez gordo para el que trabajaba de chófer me dejó conducir el Rolls Royce antiguo que llevaba a la novia. Muy pequeño, me agarró con ternura de la mano y me llevó al Estadio Insular. Oler el césped por primera vez no se puede olvidar. Vi tantos partidos con él, lo quise tanto… Qué grande mi padre.

Ahora me espera en La Graciosa, en su barca, pescando viejas y sargos de dos kilos, pero no puedo ir, ahora el padre soy yo. Tengo tanto que hacer por tus nietos, tanto que hacer por aquí.., espérame, por favor, basta de llamarme así.

Te quiero, papá, tú eres mi faro.

«Seis segundos» por Fran Sanabre

Primer domingo del mes de agosto y segundo relato de nuestro amigo Fran Sanabre. Vamos a disfrutar dentro de la sección “faros macabros” de un nuevo relato ambientado en un remoto e inaccesible faro. Se trata de Þrídrangaviti, un faro islandés, considerado como el faro más aislado del mundo, pero centrémonos en lo importante…

Seis segundos

Siempre he cortejado a la muerte, pero nunca como aquella noche de tormenta en que, navegando en solitario al sur de Islandia, mi velero se hizo añicos contra las rocas a los pies del faro de Pridrangar.

No soy un hombre temeroso, o al menos no lo era hasta entonces. Ni al doblar el Cabo de Hornos o practicar escalada libre, ni en San Fermín, ni en todas las peleas de bar con las que pretendía llenar mis noches vacías. No. No hasta entonces. No temí cuando las orcas atacaron la pala del timón del «Santa Ana» dejándolo sin gobierno y a merced de la tempestad, ni tampoco al chocar con violencia y hundirme junto a mi barco. No. Tampoco al sentir la presión del agua en mi cuerpo al ser arrastrado a las oscuras profundidades. Me ahogaba, moría, y había aceptado el final, pero algo (o alguien) sujetó mi mano… Y entonces desperté en el faro.

Abrí los ojos como después de un mal sueño y contemplé la total oscuridad. Diluviaba tan fuerte que no escuchaba las olas. Olía a tormenta y mar. Una puerta abierta dejaba colar a un insolente viento cargado de salitre y violentas gotas de lluvia. De pronto, una fuerte luz venció a la noche por un segundo para volver a dar paso a la total oscuridad. Conté hasta seis y el brillo volvió: Era la lente del faro. Miré a mi alrededor, estaba en una pequeña habitación sin muebles ni ventanas, sólo la puerta.

Necesité sólo un momento para verlo todo: Un pequeño generador y una especie de cuadro eléctrico, nada más. Bueno, y la mujer que me observaba sentada en un rincón como si allí no pasará nada.

  • Tranquilo, no tengas miedo.
  • No tengo miedo.
  • No te levantes, te has dado un buen golpe.

Me levanté. Sí que estaba magullado. Salí a comprobar dónde estaba y efectivamente, en lo alto de una roca inaccesible de cuarenta metros de altura. Algo no cuadraba.

  • Necesito que me expliques cómo hemos llegado hasta aquí.
  • Naufragaste y yo te salvé. Escalé la roca contigo a la espalda.

Aquello era imposible, no tenía sentido. Sólo era una joven delgada y no muy alta, pesaría la mitad que yo. Y muy guapa, por cierto. Demasiado guapa. Tanto que no seguí investigando mucho.

  • ¿Y tú de dónde has salido?
  • Del mar.

Medité por unos segundos. Me senté en el suelo, a su lado. Esperé a que la luz la bañara.

  • ¿Estamos soñando?

Oscuridad. Ella esperó también.

  • Depende. Para mí, en cierto modo, esto es un sueño.

Se me hacía más hermosa con cada nuevo destello del faro. Hacía preguntas que ella contestaba ambiguamente mientras yo contaba hasta seis para volver a verla. La importancia de las respuestas cedió a la importancia de su mirada, su boca y su pelo.

  • Eres preciosa.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis….

  • Gracias.

Se había acercado a mí durante el intervalo de sombra. Hice lo mismo. Jugamos a acercarnos mientras no nos veíamos hasta que nuestras bocas rozaron. Mi pecho latía con vida.

Llegaron los besos. Primero despacio, luego no. Su boca era húmeda, caliente y carnosa, su piel, terciopelo, su cadera, el lugar donde mis manos querían descansar para siempre. Si estaba muerto, aquello era el cielo.

Y mientras la tierra giraba, se libraban guerras o se perdía el tiempo en un atasco, mientras todo, lo relevante y lo mundano, pasaba, nosotros nos comíamos escondidos en el lugar más inaccesible y alejado. Los amantes del faro del fin del mundo.

Hicimos el amor hasta el amanecer, hasta mucho después de ver el último destello del faro, apagado automáticamente por la mañana. La tormenta había cesado. Aprovechamos los primeros rayos de sol y nos tumbamos desnudos en el helipuerto.

  • Dime la verdad, eres un fantasma.
  • Nooo.
  • Una sirena.

Ella negó con la cabeza mientras reía.

  • Eres una de esas mujeres foca de las Islas Feroe.
  • Jajaja, no. ¿Me estás llamando foca?
  • -¡No! Dios me libre.

Seguimos allí tumbados riendo hasta que llegó el helicóptero de rescate.

  • Tienes que irte. No preguntes por qué, hay cosas que no se pueden explicar, pero no puedo ir contigo. Todavía no, nuestra hora no ha llegado. Te queda mucho por hacer y por vivir, ya lo entenderás. Volveremos a vernos.
  • No me has dicho cómo te llamas.

A pesar de estar solos, se acercó y me susurró su nombre al oído.

  • Guárdame el secreto. Y ahora cierra los ojos y cuenta hasta seis, como anoche.
  • Y eso hice. Entonces desapareció.

Me quedé allí solo y confundido, con unos minutos para pensar en ella antes de que llegara el rescate. Me había enamorado y ya la echaba de menos. Por un momento me invadió la idea de no volver a verla más y, por primera vez en mi vida, tuve miedo.

Continuará…

«Eldred Rock» por Fran Sanabre

Es domingo y como sabéis solemos dedicar esta día a las actividades culturales: entrevistas con escritores, publicaciones de poesía y, por supuesto, a los relatos de nuestro amigo Fran Sanabre. Desde hoy y durante todos los domingos del mes de agosto vamos a poder disfrutar, dentro de la sección “faros macabros”, de unos relatos muy jugosos.

Eldred Rock

Ponte la rebequita porque hoy nos vamos a Alaska. Aunque de poco hubiera servido la ropa de abrigo a las condenadas almas que se hundieron con el “Clara Nevada” junto a Eldred Rock, en las gélidas aguas del canal Lynn.

Era el 5 de febrero de 1898 cuando el “Clara Nevada”, en plena fiebre del oro, zarpó de Seattle con una tripulación de 40 hombres y 165 pasajeros a bordo. Transportaba una carga de 800 libras de oro (aproximadamente 360 kilos), unos 20 millones de euros de hoy.

Dicen por ahí que también transportaba… ¡Dinamita!

Tras dejar gran parte del pasaje en los campos de oro de Klondike, el buque de vapor continuó rumbo a Skagway con su tripulación y entre 25 y 40 pasajeros, pero nunca llegó a su destino. Chocó durante la noche con una roca al norte de Eldred Rock sin que hubiera supervivientes.

La dinamita… Me pregunto si el barco se habrá ido a pique rápidamente o saltó por los aires envuelto en llamas, porque es un dato que no sé. Me gusta lo de las llamas porque soy un romántico y es más espectacular. ¡E irónico! Arder en medio del mar…

Y hasta aquí la historia del “Clara Nevada”.

¡Ah, el faro, claro! Pues vino después, allá por 1905. Es de primero de farero: ¿Qué se construye en zona de naufragios? Una librería no. Pero el faro de la isla de Eldred Rock, conocida como Nechraje en nativo, no está maldito, que yo sepa. Pero una vez pasó algo:

Una noche, diez años después del naufragio, una fuerte tormenta azotó el faro. Por la mañana, el farero, que salía a inspeccionar los daños, se encontró con la fantasmal figura del “Clara Nevada” varado en la costa, que volvió a desaparecer a la noche siguiente.

Lo que nunca volvió a aparecer fue el oro.

Una llave. «Sueños de un Farero» por Jordi de Mallorca (2ª parte)

Con esta entrada terminamos de compartir el relato de Jordi de Mallorca titulado “Una llave”. Como sabéis publica sus reflexiones y sus vídeos en una sección denominada «Sueños de un Farero». Acompañadnos al -far de Cap Blanc- faro de Cabo Blanco, para conocer el final de este absorbente relato.

Una llave

Pierdo el conocimiento con las primeras luces que para mí resultan ser las últimas del día. Lo alargo todo una eternidad. La noche se hace día. No quiero irme cuando estoy bien, porque sé que jamás volveré a vivir ese momento con esa persona. Por eso doy tiempo, por eso escucho. Por eso a veces presto más atención de la que debería y me olvido de mí. No me da miedo vivirlo, ni tiene explicación y quizás es mejor así. Agradezco lo bueno y lo no tan bueno. Quien estuvo, lo hizo en el aquí y el ahora y eso es lo que importa. Nunca me prestaron atención y cuando me la prestan para mí es algo especial. Yo tengo esa llave que me permite cerrar por fuera cuando sea necesario, cuando sienta que ya no hay nadie al otro lado, cuando sienta que lo especial era solo imaginación.

Me dicen muchas cosas: que sea más abierto, que tenga más amistades, que me mueva más, que abra otras puertas, que cierre otras, que haga y aquí entra en juego esa segunda y no menos importante llave imaginaria. Me han dicho que abre un corazón. Es solo uno y muy especial. Al principio no sabía muy bien ni donde guardarla, ni como usarla, pero la llevo conmigo, es ligera. Es algo muy, muy especial. Abre el corazón de una vida que vuela de aquí para allá, que brilla mucho, que a veces se apaga, pero luego se vuelve a encender y lo hace con más fuerza que antes. Tiene sus dudas, como todos, sus miedos, sus puntos débiles y fuertes. Y yo tengo esa llave que abre ese corazón cuando lo sienta. Soy muy indeciso y me dan eso que vale tanto. Todavía no la he utilizado. La tengo ahí, guardada y al alcance de la mano, por si en uno de esos momentos se cruza en mi camino y decide que es aquí y ahora cuando debe abrirse ese corazón. No sé muy bien lo que lleva dentro, pero se me antojan cosas bonitas.

Seguiré abriendo tantos faros como pueda, cerrando tantas puertas como sea necesario, perseguiré sin cansarme las primeras luces del día, me fijaré en cada atardecer como si fuera el último y seguiré huyendo de mi mismo el tiempo y las veces que hagan falta. Seguiré a lo mío, sacando fotos al vacío del horizonte para una gran minoría, pediré deseos a las estrellas, abriré la puerta de casa al llegar de alejarme de la nada hasta que se caiga a pedazos mi vida aún sabiendo que detrás de ella nadie me espera, pero que si cruzo otra puerta con menos miedo y más ganas, sabré que sí hay alguien que me recibe con un abrazo sincero y un corazón abierto. Lo bueno de tener una llave imaginaria es que nunca la voy a perder. Es más, guardo una copia en mi corazón porque sé que allí dentro no existe el olvido.

Jordi de Mallorca