Las Luces del Largo 6. Fyrar Runt Östersjön

Os presentamos la sexta entrega de Las Luces del Largo, una serie de “reseñas” realizadas por Edgar Max, dibujante y creador de Bill el Largo (de ahí el título). Edgar ha escogido algunos de los muchos libros que ha leído sobre faros y los va a comentar desde una perspectiva muy singular.

Mapa con todos los faros existentes en los diferentes puntos de la costa del mar Báltico.

6. FYRAR RUNT ÖSTERSJÖN

(Magnus Rietz)

Sólo de mirarlo ya me entra frío y me invade la nostalgia.

Lo compré en una librería de Gotemburgo en diciembre de 2019, cuando todavía no sabíamos que un mundo de confinamientos y mascarillas nos aguardaba faca en mano a la vuelta de la esquina. Los ejemplares iban precintados y no se podía hojear el interior, pero me la jugué igualmente, sin tener tampoco ni idea del significado del título. Tampoco me fijé en si todas esas coronas suecas eran muchos euros. Ya sabéis, esos impulsos cuando estás de viaje, el dinero parece de mentira y no quieres ni pensar en regresar al hogar.

Cuando lo abrí por fin en el Olhallen delante de unas pintas experimenté un extraño momento de asombro que ahora, en verdad, es bastante vergonzante (sobre todo para un profesor de Ciencias Sociales). Un mapa a doble página de un mar se desplegaba ante mí plagado de numeritos y sin un solo topónimo. Supuse acertadamente que cada numerito era un faro pero, estúpidamente, no reconocí el mar. Ni siquiera, por unos segundos, tras mirar la orientación de la rosa de los vientos. Esperaba encontrarme la fachada occidental de Suecia y estaba claro que eso no lo era. Me sentí memo total hasta que un trago de cerveza negra después entendí la cuestión: sólo tenía que girar el libro para reconocer el mar Báltico. Eran, pues, los 181 faros del Báltico. Y yo un tarugo.

Siempre he visto los mares interiores con algo de tibieza y no pude evitar sentir cierta decepción. Pedí otra ronda de porter y lo fui hojeando. Poco a poco, un universo de faros totalmente desconocidos se desplegó ante mis ojos. Aprisionados en mares de hielo algunos, vetustos y abandonados en islotes otros, bañados por la aurora boreal unos cuantos, sepultados por metros de nieve los que más… Trago a trago, página a página, me fui encariñando con los faros fríos y misteriosos de Suecia, Dinamarca, Alemania, Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Rusia y Finlandia. Pese a no entender ni papa de sueco estaba claro a qué país pertenecía cada uno y, al menos, los metros de altura y el año de construcción. Para mí, suficiente; las espectaculares fotografías hablaban por sí solas. El autor mostraba el mismo deleite en retratar la belleza desolada de los parajes y los detalles de las lentes; también cierta prolijidad a la hora de recrearse en los desmanes de la climatología y el abandono. Algunos -pocos- fareros sonrientes, embutidos en monos para el frío extremo, despiertan una simpatía rayana en la lástima; dan ganas de invitarles a un vodka. En definitiva, es un muestrario hermoso y glacial.

Ahora, en mi recuerdo, la imagen de aquella tasca atestada de parroquianos, con las mesas juntas a más no poder, ruidoso y desenfadado, se asocia siempre a la de este tochaco de faros congelados y elegantes incluso en su decadencia. Y parecen remembranzas de otra vida y otro mundo.

¡Salud! 

Una de las impresionantes fotografías que ilustran este libro
Portada del ejemplar de Edgar Max

Impresiones de Paula Vallar Gárate, autora de la acuarela solidaria

En una anterior entrada os hablamos de la iniciativa solidaria de María, propietaria de “Acuarela Enmarcaciones”. Ella solicita la colaboración altruista de los artistas locales para conseguir fondos que se donan íntegramente a la «Cocina Económica Santander», una organización benéfica que funciona en Santander.

Pegatina de la cocina solidaria

Hemos tenido la enorme fortuna de poder intercambiar impresiones con la artista Paula Vallar Gárate, autora de la lámina que se puso a la venta.

La imagen escogida es la boya número 14, y el motivo es porque, para quien navega, es una boya bastante representativa, pues, al contrario que las demás, esta es una construcción no flotante. Es de ladrillo, y se la llama La Comba. Al fondo, el faro que se ve, es el de la isla de Mouro. Es un faro muy conocido de Santander, sobre todo cuando la mar se pone brava, porque las olas chocan contra la isla sobre la que está construido, y crea una imagen bonita e impactante. No me suele gustar describir lo que representa el conjunto de la imagen… prefiero dejarlo a la imaginación.

Un saludo y feliz día 😉

La famosa Boya número 14

Para todos aquellos que queráis conocer la obra de Paula o estéis interesados en hacerle algún encargo os dejamos los enlaces a sus páginas.

Logo de la artista

No podemos terminar esta entrada sin agradecerle expresamente a Esmeralda Udías del Castillo dos cosas: la primera, que nos hablase de esta interesantísima iniciativa y la segunda, que nos hiciera llegar la lámina solidaria. Esa lámina nos ha servido para ilustrar las palabras de Paula Vallar. Muchas gracias, Esmeralda.

Las Luces del Largo 5. Lighthouse

Os presentamos la quinta entrega de Las Luces del Largo, una serie de “reseñas” realizadas por Edgar Max, dibujante y creador de Bill el Largo (de ahí el título). Edgar ha escogido algunos de los muchos libros que ha leído sobre faros y los va a comentar desde una perspectiva muy singular.

Algunos de los personajes entrevistados que aparecen en este libro

5.- LIGHTHOUSE

(Tony Parker)

No suelo poner calificaciones numéricas a los libros, pero éste sería un 10 con mención honorífica.

Tony Parker fue un entrevistador y recopilador de historias orales británico de enorme relevancia en el mundo anglosajón del siglo XX. En sus entrevistas los protagonistas, -madres solteras, criminales convictos, pervertidos, vagabundos, parias…-, se sinceran a gusto y revelan vivencias y recuerdos en ocasiones durísimos. De él se decía que tenía el don de generar confianza plena en los entrevistados simplemente con sus silencios. Por suerte para nosotros empleó esa habilidad en dar voz a los que en aquel entonces (bueno… hoy igual) no la tenían y nos dejó sus libros como testimonio vivo de la marginalidad.

En 1975 publicó este libro, “Lighthouse”, en el que entrevistaba a la última generación de fareros de Gran Bretaña. El romanticismo de un oficio en extinción y su naturaleza única convierten a los entrevistados en sujetos que comparten con el resto de protagonistas de Parker una cierta exclusión; en este caso no por su moralidad transgresora, su origen humilde o sus decisiones fatídicas, sino por su propia condición de gente que vive en un limbo, entre el cielo y el mar, encargados de cuidar una luz para salvar barcos que, si todo va bien, jamás verán.

Puedo deciros que la obra trasciende de tal forma nuestro tema habitual que lo recomendaría a cualquier lector interesado en… Bueno… en el jodido ser humano y sus maravillosas miserias. Funciona así: un breve párrafo descriptivo del personaje que va a hablar -normalmente un farero fumando como un carretero y bebiendo café o una esposa de farero fumando como una carretera y bebiendo sherry- y a continuación las respuestas del personaje. Nunca aparecen las preguntas, dan igual. Tony Parker se difumina, desaparece detrás del humo del tabaco y el ruidillo de la bobina de la grabadora, y de repente estáis sólo tú y el entrevistado frente a frente. A veces es tan íntimo y absorbente que se te olvida que no es una novela. “Sólo” gente de verdad hablando de experiencias reales en faros aislados, o en puertos transitadísimos, de su forma de entender su trabajo y la propia vida, de la soledad y la rutina, de su amor u odio por el mar (de todo hay), de la responsabilidad, del sacrificio y de la pérdida. Poco a poco estos hombres y mujeres se van dibujando en tu mente, cada uno con su particular forma de hablar, con su personalidad abierta en canal. Los que preferirían estar en otra parte, los taciturnos que aman las torres aisladas y se cabrean si el mal tiempo les impide incorporarse a tiempo tras sus cuatro semanas de permiso, los que han perdido compañeros de faro en accidentes absurdos y misteriosos, pero mortales; las mujeres abnegadas que aceptan esa vida con resiliencia a prueba de bombas y las esposas que lamentan cada cambio de destino maldiciendo el desarraigo y al propio mar que le separa de su esposo… Las rencillas y las relaciones personales que se establecen entre ellos convierten la obra, por si fuera poca cosa, en una especie de colmena humana que supera con creces al mejor folletín y te sorprendes esperando con ansia que aparezca la entrevista con ese “fulanito” del que tan mal han hablado los otros. Como comer pipas, oigan.

Este desfile de personajes te hace pasar las páginas sin darte cuenta que la madrugada ha llegado y en breve empieza tu guardia. Con estupor recuerdas que esta buena gente que hace un instante te estaba hablando al oído está jubilada hace ya muchos años, -otros estarán muertos-, y da cierta pena comprender que ya no hay fareros encargados de apagar la luz. Que un automatismo gobierna una estructura vacía, hoy día carente de auténtica funcionalidad según muchos, y que aunque sigan girando sus linternas en la noche, lo hacen sin el componente humano. Y lo podrán seguir haciendo para gaviotas, focas y ballenas aunque un virus, por ejemplo, acabe con la especie humana… Si cierro con una nota melancólica es porque ese, precisamente, es un pensamiento recurrente que mencionan varios protagonistas del libro: en la guardia nocturna, encaramado a una balaustrada en mitad del océano, muchas veces el farero se pregunta si el mundo habrá llegado a su fin y quizá sea él el último superviviente de la Humanidad. Y al leerlo, me vienen a la mente los terrores del niño que, antes de dormir, se inquieta pensando qué pasará si sus padres se duermen antes que él; si todo el mundo se duerme antes que él y, por lo que sea, sólo quedan sus ojos abiertos en la oscuridad.

“You extinguish the light at sunrise and every time it’s my watch and I do it; it gives me a thrill. It’s like you´re in charge of starting the day; the light’s done its job so you’re letting the sun take over. It feels really good”.

¡Salud!

Portada del ejemplar de Edgar Max

Información sobre los faros en el mes de enero (2ª parte)

Enero

-1886. Se entrega en el -Lighthouse Depot- Depósito del Faro, la estructura de hierro de la torre de “Romer Shoal lighthouse”. Posteriormente, el faro se ensamblará sobre un muelle construido en -Romer Shoal- un banco de arena ubicado en la entrada a -New York Bay- bahía de Nueva York, estado de Nueva Jersey (Estados Unidos).

1897. La -Lighthouse Board- Junta de Faros, a pesar de los numerosos problemas surgidos con la calidad del cemento utilizados en la construcción de “Spring Point Ledge light”, decide abonarle la tercera parte de lo estipulado en el contrato a Thomas Dwyer. El faro se encuentra en Spring Point Ledge, puerto de Portland, Portland, estado de Maine, región de Nueva Inglaterra (Estados Unidos).

1897. La -Lighthouse Board- Junta de Faros, autoriza al primer ingeniero del distrito de faros a reservar 3.200 $ para la adquisición de la lente y el aparato de iluminación de “Spring Point Ledge light”. El faro está situado en Spring Point Ledge, Portland Harbor, Portland, estado de Maine, región de Nueva Inglaterra (Estados Unidos).

1904. Los miembros de la Junta de Faros inspeccionan Tasman Island, Cape Pillar y las rocas Hippolyte con la finalidad de elegir el mejor enclave para la ubicación de un faro. Tras elaborar un informe, el almirante Fanehawe decide que el faro debe construirse en la isla de Tasmania. Así, se levanta “Tasman Island lighthouse” en la isla de Tasmania, estado de Tasmania (Australia).

Las Luces del Largo 4. Faros del Mundo

Os presentamos la cuarta entrega de Las Luces del Largo, una serie de “reseñas” realizadas por Edgar Max, dibujante y creador de Bill el Largo (de ahí el título). Edgar ha escogido algunos de los muchos libros que ha leído sobre faros y los va a comentar desde una perspectiva muy singular.

Una de las fotografías que ilustra este libro. Skerryvore lighthouse

4.- FAROS DEL MUNDO

(AnnaMaria “Lilla” Mariotti)

Hace muchos muchos Reyes Magos, una chica de ojos marrones le regaló este ejemplar de “FAROS DEL MUNDO” a una versión mucho mucho más joven de mí mismo que vivía perdida entre tebeos de Corto Maltés y pintas de Guinness. Fue mi primer libro de faros. Y bien pudiera haber sido el último, porque es un precioso compendio con fotos espectaculares de los más hermosos faros del planeta y, desde luego, más que suficiente para calmar la curiosidad de cualquiera con cierto interés por el tema… Pero ya sabéis cómo funcionan estas cosas: se había plantado una semilla. La gente lo ve en tu estantería, -destaca bastante por sus dimensiones (37,1 x 21 cms)-, y lo tiene en mente a la hora de hacerte un regalo (“creo que le gustaban los faros, ¿no?”); viajas y visitas nuevos faros y librerías lejanas con libros de faros locales que te llaman a gritos, -a veces en idiomas que ni siquiera entiendes-, y no puedes negarte. Y antes de que te des cuenta, resulta que tienes una colección en ciernes y eres “el colgado ese de los faros”. Ya es inevitable. Da igual que los Dropkick Murphy’s acaben de sacar disco o que se haya publicado lo último de Raule, te caerá un libro de faros como regalo de cumpleaños o de lo que sea: la colección crece. Y uno, contento.

17 años después debo admitir que, en su momento, sólo hojeé las páginas deleitándome en las fotografías, -muchas de mi idolatrado Philipp Plisson-, sin prestar demasiada atención a los datos técnicos ni a la introducción sobre la Historia de los faros de Annamaria Mariotti. No sabía que, con el tiempo, visitaría algunos de ellos ni que en un momento dado llegaría a realizar un viaje en furgoneta para ver 60 faros en 25 días. El gran formato del libro se presta un poco a ello, a dejarse llevar, pasando página tras página de forma indolente, como quien ojea un catálogo de sueños o de antiguas conquistas. Las fotos de la Torre de Hércules, Bishop Rock, Cabo Byron o Kéréon, -por citar algunos-, lucen de una manera bárbara gracias al tamaño del libro y se pueden paladear en un sillón orejero como un buen whisky. Algún tiempo después, más familiarizado ya con la terminología de lámparas de aceite, lentes de Fresnel y cúpulas de vidrio, supe apreciar mejor la maravillosa edición, el esfuerzo puesto por la autora en la recopilación, la belleza de muchos de los planos de construcción reproducidos en este libro y, por supuesto, las hermosísimas instantáneas. Visiones aéreas, contrapicados, planos nocturnos, faros batidos por las olas, puestas de sol de infarto, rayos zigzagueantes… En fin, una chulada si os gustan esa clase de cosas. ¿Y a quién no le gustan esa clase de cosas?

Así que, si queréis calmar un cierto interés por el tema con un único y hermoso volumen o si queréis regalar algo a alguien en quien pueda germinar esta semilla, ésta sería mi recomendación. Si hubiera de ponerle un único “pero”, diría que está excesivamente centrado en Europa y Norteamérica, entiendo que por los motivos comerciales obvios, faltando representaciones de faros más “exóticos” que justifiquen del todo el título del libro… (Qui jistifiquin dil tidi il títili dil libri…). Pero ni me importó en su momento ni me parece forma de terminar una “reseña».

¡Salud!

Portada del ejemplar de Edgar Max

Las Luces del Largo 3. Seashaken Houses

Os presentamos la tercera entrega de Las Luces del Largo, una serie de “reseñas” realizadas por Edgar Max, dibujante y creador de Bill el Largo (de ahí el título). Edgar ha escogido algunos de los muchos libros que ha leído sobre faros y los va a comentar desde una perspectiva muy singular.

Una de las páginas del libro en la que se aprecia la localización de algunos faros

3.- SEASHAKEN HOUSES

(Tom Nancollas)

Tened la biodramina cerca si se os ocurre comenzar este libro porque Tom Nancollas os llevará, cogidos del pescuezo, en un apasionante y personal viaje a algunos de los “faros de roca” más peligrosos y aislados de Inglaterra e Irlanda.

Lo de “apasionante” no va de balde, el tipo empieza fuerte: en las primeras páginas nos narra la destrucción del primer faro de Eddystone en la Gran Tormenta de 1703 y lo hace de tal forma que, aunque conozcas la historia al dedillo -una de esas que raya la leyenda por su grandiosidad y dramatismo-, no puedes evitar quedarte boquiabierto y apretujarte en la poltrona, agradecido de no estar faenando ahí fuera en esta noche invernal. Ya sabéis, es esa clase de libro que pide chimenea y café con unas cuantas gotas de ron y que parece que se lee mejor si el viento sopla de lo lindo y las contraventanas se estremecen.

Y lo de “personal” tampoco se queda corto. La narración destila pasión, un elemento que jamás debería faltar en un libro de estas características. No creo que ni el más ferviente aficionado al tema lograse leer con deleite 225 páginas que se limitasen a detallar las características técnicas y la historia constructiva de un puñado de edificios que jamás podrás visitar. Lejos de ser la perorata de un experto, el autor nos lleva de la mano en un viaje de descubrimiento que nos hace sentir que estamos aprendiendo juntos. Consigue contagiar al lector desde el comienzo, al menos en mi caso, como si un colega entusiasta insistiese en compartir contigo lo que más le gusta en el mundo y, además de contártelo en un bar, te llevase de viaje con él en barco y helicóptero a algunos de los más recónditos y maravillosos lugares del archipiélago británico. A lo largo del viaje hay Guinness y Whisky, burdeles decimonónicos, exorcismos, historia del IRA y, claro, faros. Todo un lujo.

Los “faros de roca”, por cierto, son aquellos que se alzan en un escollo en pleno mar para alertar de peligrosas rocas sumergidas. Hasta su construcción, los nombres de algunos de esos afilados bajíos eran mencionados con pavor por los marineros y temidos incluso por capitanes de mares lejanos; no en vano algunos de los más afamados han reclamado miles de vidas humanas a lo largo de centurias de navegación. La historia de los faros que pusieron fin a ese terror, las anécdotas personales del autor y las de las gentes que encuentra a su paso, -a través de la prosa fluida de Tom-, hacen que la lectura del libro sea un placer sencillo y gratificante. Consigue transmitir toda la extrañeza y la magia de esas “casas batidas por el mar”, esos edificios construidos, aparentemente, sobre las aguas y que son aún testimonio de la testarudez del hombre y su empeño en domar los océanos.

Quizá el mejor elogio que se pueda hacer del libro es decir que, tras cerrarlo, sientes que se ha creado en tu interior la necesidad de abandonar tu poltrona y realizar el viaje por ti mismo. Tras tomar suficientes tragos de ron, eso sí. O pastillas de biodramina.

Salud!

Portada del ejemplar de Edgar Max

Las Luces del Largo 2. The Lighthouse Stevensons

Os presentamos la segunda entrega de Las Luces del Largo, una serie de “reseñas” realizadas por Edgar Max, dibujante y creador de Bill el Largo (de ahí el título). Edgar ha escogido algunos de los muchos libros que ha leído sobre faros y los va a comentar desde una perspectiva muy singular.

2.- THE LIGHTHOUSE STEVENSONS 

(Bella Bathurst)

Si amáis Escocia y los faros, éste es vuestro libro.

Ahí debería terminar la “reseña”, la verdad, pero voy a teclear algunas estomagantes impresiones más al amparo de la chimenea y la cerveza negra. En estas fechas podría haber elegido reseñar “Cuento de Navidad” de Dickens. Hay un párrafo en el que el fantasma de las Navidades del Presente se lleva volando a Mr. Scrooge para mostrarle cómo celebran las festividades en otras partes del globo y la primera parada es un faro aislado, construido en un escollo, que bien pudiera ser Eddystone o Bell Rock. La espectral pareja contempla cómo los dos fareros cantan devotos villancicos y brindan con grog en armoniosa hermandad. Es bonito. No lo he visto nunca en el cine, pero es una gran escena… El caso es que no voy a reseñar ese libro sino el de Bella Bathurst.

Os aviso que hay spoilers importantes a continuación: todos los personajes mueren, ninguno de los faros que construyen se derrumba, Escocia se une con Inglaterra. ¿Vamos?

Durante muchos años supe, de forma vaga, que los antepasados de R. L. Stevenson habían sido constructores de faros. Probablemente lo leí en algún sitio y desde entonces, simplemente, lo había asimilado como un detalle anecdótico que añadía un aura de romanticismo y aventura indomable a la figura ya mítica de Louis. Cuando visité Escocia y pude ver algunos de los faros que los Stephenson habían construido en las Shetland, casi doscientos años antes, entendí que todo ese salitre, esos paisajes desolados y esas gentes -todavía hoy pintorescas a mis ojos-, eran las que pululaban por muchas de las páginas del que fuera mi autor fetiche. Faros, mares salvajes, islas azotadas por el viento, whisky ahumado y legado vikingo se amalgamaron en mi cerebro en aquellos años forjando un imaginario que quise hacer propio. (De hecho, nombré a un personaje que me habría de acompañar largo tiempo en mis propias obras Bill “el Largo” en honor del Silver de Stevenson). Pero jamás profundicé en la auténtica aventura que fue la construcción de aquellos faros imposibles, como Muckle Flugga, hasta que no cayó en mis manos el libro de Bella Bathurst “The Lighthouse Stevensons” bastante tiempo después.

Lo abordé con la inexplicable aprensión que me generan siempre las biografías, pero bastaron las dos primeras frases para que la venciera completamente: “The ferryman has a hangover. I have a hangover”. Vaya, me dije, ¡este es mi tipo de autora! Y probablemente mi tipo de biografía. Los párrafos siguientes me demostraron que no me equivocaba y, en verdad, las doscientas sesenta páginas se leen en un suspiro (de salitre). Bella entreteje magistralmente la historia de la construcción de algunos de los más emblemáticos y espectaculares faros de Escocia con los dramas y las victorias de una dinastía de ingenieros que se empeñaron en domeñar las costas salvajes de su amado país en aras de forjar un mañana mejor para todos. La autora nos sumerge de lleno en una época crucial para Escocia, (“the Scottish Enlightenment”), que redefinió las características de un país desgarrado entre los convulsos avances del progreso y la revitalización romántica de su pasado. Gracias a ella aprendemos como en una buena clase de historia, -casi sin querer-, acerca de un tiempo en que la ingeniería era sinónimo de aventura, tenacidad y audacia y las ideas de “bien común” y “progreso” no se habían abaratado aún en los tenderetes de los mercachifles de la modernidad.

Página tras página asistimos a las labores titánicas del precursor de la saga familiar de constructores de faros, Robert Stevenson, que consiguió aunar sus deseos de ascenso social y mejora del bien común a base de construir luces en las tinieblas contra viento y marea -of course- y también contra los titubeos de una administración inoperante, los recelos de muchos lores y aún el desprecio de una población costera que se beneficiaba de los naufragios desde tiempo inmemorial. Bathurst nos muestra al hombre, al héroe y al patriarca férreo que dispuso el transcurso de las vidas de sus hijos como una más de sus obras sin perdonar la flaqueza o el error en su prole.

La información técnica que se nos proporciona es fácilmente asimilable y jamás tediosa, los apuntes personales siempre pertinentes -sin lugar a juicios de moral o conducta por parte de la narradora, que más bien parece ser la bisnieta de aquellas gentes narrando de forma nostálgica y admirativa su historia familiar-, y las lecciones de vida inolvidables. Más allá del asombro de los propios logros constructivos en circunstancias imposibles y de las anécdotas que merecerían bellísimas páginas de cómic para ilustrarlas, sobrecogen los detalles humanos, como conocer la vida de Alan Stevenson (tío de Louis), un tipo con una sensibilidad artística y una inteligencia agudísima que le llevaron a ser amigo y defensor de los grandes poetas de su época, -Coleridge incluido-, y que renunció a sus propias pretensiones literarias en aras de satisfacer las ilusiones y esperanzas de su, en ocasiones, tiránico padre. También, por supuesto, es sobrecogedora la ambivalencia que intuimos en Louis, el gran ausente del libro, -el nieto renegado-, al saber que el éxito de sus piratas y la sombra de sus aventuras ficticias habían oscurecido para siempre el trabajo de dos generaciones de héroes auténticos que habían vivido por y para las luces del Norte.

Algunos de los pasajes más emotivos del libro son remembranzas que la autora toma prestadas de los apuntes de Louis, cuando éste escribe sobre las impresiones que los viajes de reconocimiento al norte le generaban, o sobre el abuelo al que no llegó a conocer. A él, a Robert Stevenson, el gran pionero y líder de la familia, le dedica estas líneas imaginando las sensaciones que debieron asaltarle en su lecho de muerte: “But there was something else that would cut him to the quick: the loss of the cruise, the end of all his cruising; the knowledge that he looked his last on Sumburgh, and the wild crags of Skye, and the Sound of Mull with the praise of which is letters were so often occupied; that he was never again to hear the surf break in Clashcarnock; never again to see lighthouse after lighthouse (all younger than himself and the more part of his own device) open in the hour of the dusk their flowers of fire, or the topaz and the ruby interchange on the summit of the Bell Rock”.

Tan hermoso que casi se escucha el embate de las olas y el rascar de la plumilla en el papel…

Finalizada la lectura de esta obra, mi enfoque ha cambiado de tal forma que podría llegar a ver la vida de R. L. Stevenson como el detalle anecdótico, el epílogo exótico, de la verdadera aventura.

En resumen, que si amáis Escocia y los faros, este es vuestro libro.

¡Salud! 

Portada del ejemplar de Edgar Max

La luz del faro. El cuento de Navidad

Un buen regalo para el día de Navidad es el que nos traen desde LuzDosTres con un viejo conocido por todos vosotros. Nos referimos a Mario, farero de Mesa Roldán. Un vídeo espectacular con una historia o mejor dicho un cuento que… no, no os decimos más, tenéis que verlo y luego opináis.

LuzDosTres es una comercializadora eléctrica creada en el año 2021 por Grupo Dominion, compañía española que cotiza en bolsa con una amplia experiencia en el campo de la energía y la tecnología.

La Luz del faro: El cuento de Navidad

https://youtu.be/lcU_MGQo9ZI

Estas Navidades que no te cuenten cuentos ni para desearte unas Felices Fiestas. Sin montarse películas ni historias enrevesadas.

Las Luces del Largo 1. Les Phares Pop Up

Os presentamos una nueva sección dentro de este blog. Se trata de Las Luces del Largo, una serie de “reseñas” realizadas por Edgar Max, dibujante y creador de Bill el Largo (de ahí el título). Edgar ha escogido algunos de los muchos libros que ha leído sobre faros y los va a comentar desde una perspectiva muy singular.

Phare des Pierres-Noires, Finistère

1.- LES PHARES POP-UP

(Dominique Ehrhard/ Anne-Florence Lemasson)

Quizá no sea lo más acertado comenzar esta serie de “reseñas” de libros de faros con una obra que no he leído por aquello de que está en francés y mis conocimientos de la lengua de Voltaire no van mucho más allá de “Une bière, s’il vous plâit”, pero este libro hace saltar por los aires cualquier barrera idiomática a golpe de pop-up. Es esta una obra tridimensional que despliega sus encantos móviles en cuanto lo abres, transportándote no sólo a las costas más bravas del Atlántico en un recorrido por cinco de los faros más emblemáticos de Francia, sino también a la lejana infancia.

  • ¡Oh, venga! Ese tropo es más rancio que un bocata de escarolas -interrumpe uno.
  • Va de veras. Quizá no sea muy original, pero así es como lo siento -me defiendo.
  • ¿Cómo consigue semejante magia, amigo Bill? -pregunta otro, ojiplático.

Simplemente lo abres y el hechizo actúa, es instantáneo: vuelves a tener cinco años y tus ojos alucinados son los de un crío que flipa al ver cómo esos faros gigantes se alzan desde las páginas del libro. Hablo de hechizos y magia porque toda la paciencia y sabiduría que hay detrás de la artesanía de estos libros se me antoja cosa de alquimia. La que transforma, en este caso, el papel en agua, piedra y hasta viento ululante.

Tras una breve introducción histórica sobre lo que -intuyo- fueron los avatares de la construcción de estos monumentos en las costas francesas, se inicia el itinerario: comenzamos en Chassiron y nos adentramos en las salvajes costas bretonas visitando los faros de Les Poulains, Eckmühl, Ar-Men y Pierres-Noires. Por el pop-up de Les Poulains, en Belle-Île, casi esperas ver pasear a una diminuta pareja de jóvenes amantes, como si estuvieras presenciando un episodio de “El cuentacuentos”, aquella vieja serie de Jim Henson en la que la narración del protagonista cobraba vida en el tapiz del fondo o en las figuras pintadas en la jarra de cerveza… Pero la quietud de ese Nirvana que es Belle-Île dura poco y enseguida cobran vida las olas que azotan a los gigantes. Cada desplegable es más espectacular que el anterior, llevándose la palma los dos últimos, cuyo efectista modelaje representa el sueño húmedo de cualquier amante de los faros y la pesadilla más odiosa de cualquier farero. (No en vano, según la clasificación tradicional de los destinos de los fareros en “Infierno”, “Limbo” y “Paraíso” que se menciona en el texto -si no me equivoco-, los faros construidos en rocas a varias millas de la costa serían los destinos “infernales”). Ar-Men y Pierres Noires son dos de los más conocidos y peligrosos faros de la costa Atlántica y el modelare de los desplegables les hace justicia. Joder, si hasta escuchas el bramido de las olas.

Cada faro lleva consigo un mapa de la costa en que se encuentra ubicado y datos técnicos (fecha de construcción, altura, año de automatización, coordenadas…) para rematar la faena pedagógica. En mi caso, la nostalgia de revisitar de esta forma algunos de los faros emblemáticos de mi juventud fue lo que me hizo abalanzarme sobre este libro y desembolsar a tocateja los 25 pavos sin pensármelo. Pero creo que a cualquier amante de los faros o de los libros hermosos le puede interesar pasearse por sus páginas y disfrutar sus encantos. A fin de cuentas, es eso u 8 botellas de sidra… Y el libro no deja más resaca que la del mar de papel de sus entrañas.

  • ¡Oh, venga! ¡Qué final más cursi! -apunta uno.
  • Lo cursi no quita lo valiente -me defiendo, pero en las tripas siento que algo de razón tiene.

¡Salud!

Phare d’Ar-Men, Finistère
Phare des Poulains, Sauzon

Inauguración de la exposición «Faros, Naufragios y Leyendas» de Edgar Max

El pasado sábado, 27 de noviembre, según lo acordado entre Mario, farero de Mesa Roldán, y el capitán Bill el Largo se inauguró la exposición «Faros, Naufragios y Leyendas».

Mario fue el maestro de ceremonias y tras una breve introducción le cedió la palabra a Edgar Max, creador de Bill el Largo, y autor de los dibujos que conforman la exposición. El capitán Bill el Largo habló ante su tripulación (un público amigo) y más le valía serlo y aplaudir porque de lo contrario al finalizar el acto conocerían de primera mano cómo se las gasta Bill, todo el que no mostrase su admiración hacia las palabras del afamado capitán habría pasado por la quilla. Tras la arenga cargada de vastos conocimientos sobre los faros y en concreto sobre el que nos encontrábamos, el “faro de Mesa Roldán”, Bill el Largo alzó su brazo y le dio un gran trago a su cerveza negra, la que le acompañó desde el inicio del acto.

El capitán Bill el Largo se despidió deseándonos ¡Salud! a todos los presentes y nos invitó gentilmente a disfrutar de su exposición.

A continuación, os mostramos una selección de las fotografías que hicimos durante la presentación de la exposición. En la próxima entrada subiremos las fotografías de todos los dibujos de la exposición.