«La Isleta» por Fran Sanabre

Llegamos al ecuador del mes de agosto y nuestro amigo Fran Sanabre sigue deleitándonos con sus relatos. Éstos se incluyen en una sección denominada “faros macabros”. Acompañadnos para saber dónde nos transportará hoy…

-La Isleta-

¿Recuerdas la primera vez que viste un faro? ¿Que su luz te hipnotizó para siempre? ¿Que te enamoraste sin saber por qué de aquel destello en mitad de la noche? Yo sí me acuerdo; era un niño y el faro era (y es) el de La Isleta.

Mi padre nos llevaba cada fin de semana al campo o a la playa, pasé media infancia en ésta última. Casi me ahogo en la Charca de Maspalomas con dos añitos y vi mi primer tiburón en una playa de Bañaderos. Lo típico. Quizá fue aquel día, el del tiburón muerto en las rocas, que volvíamos a casa por la carretera del norte cuando me fijé por primera vez en aquel brillo a lo lejos.

Yo, niño, cansado de jugar en la playa y con ganas de llegar a casa, aburrido del viaje en coche, «¿queda mucho?», miraba por la ventanilla y esperaba a doblar en algún punto del camino y ver la ciudad de noche pausada como un cuadro. En aquella visión nocturna de mis calles sólo se movían las luces de los coches que iban, venían y desaparecían, pero una perduraba, una luz sobre las montañas de Las Coloradas, una luz que hacía de metrónomo para mi joven palpitar. Era el faro de La Isleta.

Recuerdo aburrirme en el asiento trasero de aquel viejo Subaru hasta el punto de mirar el faro y contar los pulsos: Un destello, seis segundos, tres destellos, seis segundos. Sí, seis segundos (Pridrangar), no fue casualidad.

Así que mi primer recuerdo de un faro es el anhelo de volver a casa, de llegar a puerto, y la alegría de ver su luz y sentirme a salvo.

Esta historia es real.

Os debía una, ¿no? ¿es porque no hay muertos ni fantasmas? Pues sí que hay, mi padre. Ahora está allá, me mira y se ríe. Todo es mentira, me dijo. Tiene un diente de oro, una barca y las rodillas negras por el sol, pesca a liña.

Una vez iba en chalana y peces martillo lo rodearon con las aletas fuera del agua. En la boda de la hija de un pez gordo para el que trabajaba de chófer me dejó conducir el Rolls Royce antiguo que llevaba a la novia. Muy pequeño, me agarró con ternura de la mano y me llevó al estadio Insular. Oler el césped por primera vez no se puede olvidar. Vi tantos partidos con él, lo quise tanto… Qué grande mi padre.

Ahora me espera en La Graciosa, en su barca, pescando viejas y sargos de dos kilos, pero no puedo ir, ahora el padre soy yo. Tengo tanto que hacer por tus nietos, tanto que hacer por aquí…, espérame, por favor, basta de llamarme así.

Te quiero, papá, tú eres mi faro.

Otra visión del faro de Maspalomas por Quina del Toro

En la anterior entrada de la grancanaria Quina del Toro nos deleitó con un relato sobre los recuerdos que guardaba de su infancia en este precioso faro. Pues bien, en esta ocasión nos va a encandilar con las fotografías que ha tomado en sus mltiples visitas al “faro de Maspalomas”.

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Impresionante atardecer en el faro de Maspalomas
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La fuente de la Morena situada justo delante del faro
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El faro visto desde el mar

Además de sus fotografías Quina ha querido que publicásemos una imagen antigua del faro y nos ha proporcionado un enlace de un vídeo para que lo compartamos con vosotros.

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Muchas gracias Quina

Recuerdos del faro de Maspalomas por Quina del Toro

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Quina del Toro, grancanaria enamorada de los faros, que necesita ver y oler el mar. Ciudadana del mundo, tuvo la suerte de nacer en las Islas Canarias, en Gran Canaria, y sigue disfrutando la fortuna de vivir allí. Padece lo que denomina el síndrome isleño; para no ahogarse necesita ver y oler el mar, ése que nos une a todos sobre el planeta. Le gusta viajar y pasear, de ahí su afición a plasmar en fotos la vida tal y como la percibe, fotografía momentos. Así que es imposible no estar enamorada de los faros, esos que salpican todas las costas y que por instantes iluminan el mar. Es fiel creyente de las palabras de Jorge Drexler: “Lo que importa, en verdad, son los 12 segundos de oscuridad”.

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El faro de Maspalomas

Mi lugar en el mundo se encuentra al sur de la isla de Gran Canaria, La Charca de Maspalomas, que, acostada a los pies del campo de dunas, delimita por el oeste la Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas.

Mi padre, siempre que íbamos a la playa –del mismo nombre, Maspalomas-, nos acercaba a ver los pájaros y peces que habitaban esta laguna salobre. Él, como muchos grancanarios, trabajaba en la hostelería. Como su función era la de llevar los números, sus horarios eran más benevolentes y podía disfrutar, junto a sus hijas, de las tardes en la playa. Trabajaba en el hotel Oasis, ubicado entre la Charca y el Faro de Maspalomas, así que los días estivales los pasábamos jugando entre olas y con la arena de la playa a los pies de un faro.

Es curioso, cuando pienso en un faro, normalmente visualizo imágenes de estas edificaciones en lo alto de acantilados. Sin embargo, crecí bajo uno que está a pie de playa, y quizás ahí radique parte de su magia. Puedes ponerte descalza sobre la arena, bajo él, levantar la cabeza y admirar su grandeza ante tu insignificancia.

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Recuerdo que algunas tardes, cuando nos íbamos de la playa, caminaba por sus alrededores saboreando un helado. El entorno del faro de Maspalomas ha cambiado. En aquellos tiempos, estaba circundado por solares que servían de aparcamientos improvisados para quienes trabajaban en los hoteles de la zona, y los visitantes del entorno. También paraban las guaguas de transporte interurbano que llegaban hasta la playa. Hoy en día, los solares han dado paso a una plaza y a la ampliación de la planta hotelera en lo que se conoce como Meloneras. A los pies del Faro nace un paseo que lleva su nombre, que discurre entre el mar y un boulevard comercial. A veces, con ocasión de las fiestas navideñas, de la celebración del Día Mundial del Turismo, o con motivo de la pasarela “Gran Canaria Moda Cálida”, le visten con luces de colores.

En la actualidad, el edificio del faro de Maspalomas se ha reabierto, albergando una tienda de artesanía (cerrada en estos días por el COVID), de la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (FEDAC), dependiente del Cabildo de Gran Canaria y cuya función es la de fomentar y comercializar la artesanía canaria. Sus dependencias también se destinan puntualmente a usos culturales, como la pasarela de moda que se celebró en 2008.

Así que como pueden ver, el “faro de Maspalomas” no solo es un Monumento Histórico, declarado Bien de Interés Cultural en el 2005, por el Gobierno de Canarias, sino que alberga una tienda de artesanía. Además, hay un proyecto museográfico para convertirlo en un Centro de Interpretación Etnográfica. También se usa puntualmente para actos culturales, y además, sigue cumpliendo con su función principal: ser la luz que guía en la oscuridad.

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Muchas gracias, Quina.