Una llave
Nadie te obliga a nada. Nadie te obliga a darlo todo, a ser tú delante de auténticos desconocidos o seguir tirando de ese circo que me monté donde no hay ni público. Lo tuyo es tuyo y a veces te ves envuelto en momentos y lugares con los que no pensabas, con los que no contabas, con los que compartes tus adentros, que no sabías ni que tenías.
Una llave parece poca cosa, es un trozo de metal con unas formas peculiares, que ocupa poco, que abre mucho y que en buenas manos es un bonito regalo. Por ahora tengo dos llaves. Una la guardo en mi bolsillo de la suerte. Así lo llamo a ese compartimento izquierdo de mi maillot. Está ahí porque el lado izquierdo me recuerda a la irracionalidad, a lo inesperado, a lo intangible. En esos tres compartimentos descansan el móvil, algunos geles, documentos que afirman que soy yo, por si se me olvida quien soy, y las llaves de casa.
El móvil deja de existir unas once horas a la semana, salvo en contadas ocasiones donde se usa para plasmar un momento de luz, un azul turquesa, una puesta de sol o un suspiro que pueda transmitir algo a quien esté al otro lado. Sé que es una batalla perdida, que con cada gesto o pantallazo es un vivir de cara a los demás, que el aquí y el ahora, los aromas, la luz y los colores son intransferibles por una minúscula ventana, pero algo es algo. Los papeles, los geles y el manojo de llaves que abren la puerta de mi casa son solo un lastre en el viaje.
Lo que importa de verdad son esas dos llaves que desde hace un tiempo se vienen conmigo a todas partes, haga sol, llueva, haga frío, viento… da igual. Siempre, siempre, siempre se vienen conmigo. Una de ellas es tangible, la otra es un poco más especial. La tangible me han dicho que es la llave de “El Faro”. Me la dieron en Madrid, donde existe un faro sin mar y que vino de manos de una farera que habita en ese faro. Yo suelo acostarme tarde y siempre digo aquello de “cierro por fuera”. Tengo esa mala costumbre de quedarme un rato más y que me ha ido acercando a gente muy peculiar, con luz propia y que nunca apaga a los demás.
Pierdo el conocimiento con las primeras luces que para mí resultan ser las últimas del día. Lo alargo todo una eternidad. La noche se hace día. No quiero irme cuando estoy bien, porque sé que jamás volveré a vivir ese momento con esa persona. Por eso doy tiempo, por eso escucho. Por eso a veces presto más atención de la que debería y me olvido de mí. No me da miedo vivirlo, ni tiene explicación y quizás es mejor así. Agradezco lo bueno y lo no tan bueno. Quien estuvo, lo hizo en el aquí y el ahora y eso es lo que importa. Nunca me prestaron atención y cuando me la prestan para mí es algo especial. Yo tengo esa llave que me permite cerrar por fuera cuando sea necesario, cuando sienta que ya no hay nadie al otro lado, cuando sienta que lo especial era solo imaginación.
Continuará…