Penúltima entrega de este relato tan personal de Jordi de Mallorca, incluido dentro de la sección denominada «Sueños de un Farero». Esperamos que os guste tanto o más que a nosotros.
-Los cristales de una Fresnel-
Hay más grupos, con más ideas y más complejos, pero no quiero extenderme. Los hay que pueden hablar horas y horas y horas. Lo hacen saltando de un tema a otro sin terminar de cerrar el anterior. Es como ir abriendo cajones de forma frenética sin sacar nada de ellos. Suelen apropiarse de pensamientos ajenos. La propia crítica les irrita bastante. Siempre llevan su verdad por delante y no están abiertos al cambio. Lo más destacable de este segundo grupo es que a pesar de hablar mucho, no dicen nada, no hay profundidad en el discurso y enseguida ya saltan a otro tema. Suelen llevar el ritmo de la conversa y si les das cuerda no tienen tope, no van a parar. Yo he estado en este grupo muchas veces.
Algunos creo que lo hacen por aburrimiento, por falta de amistades y por falta de empatía. Se sumergen en un tema, no tienen con quien hablarlo y luego explotan delante del primero que pasa por allí o pone la oreja sin que nadie haya preguntado por ello. Eso es un grave error. Lejos de agradar lo que se consigue es el efecto contrario. A nadie le gusta saludar con un tímido hola y recibir la cuarta entrega del señor de los anillos en una llamada, en un mensaje o en un audio infinito.
Tanto el primer grupo como el segundo son peligrosos. Un simple hola se puede convertir en horas de conversa vacía y yo detesto eso. Por eso hay que aprender a decir que no y poner límites. Nuestro tiempo es lo más valioso que tenemos. Detesto hablar de los demás, de política, de deporte, del tiempo, de economía y de tantas otras cosas que son cíclicas y que no llevan a ninguna parte. Hablemos de la vida. De lo raro que es todo esto. De si hay vida antes de la muerte. Hablemos de nosotros sin caer en el egocentrismo. Compartiendo. Pero ¿con quién? ¿A quién le damos esa llave tan importante?
Continuará…