Una semana más os traemos un fabuloso relato de Jordi de Mallorca dentro de la sección denominada «Sueños de un Farero». En ella, como sabéis, Jordi escribe sobre sueños, emociones, colaboraciones, programas de radio, vídeos, etcétera.
-Corazonada-
Solté mis velas, dejé de despellejarme las manos con los cabos que me ataban al viento y me dejé llevar. Estaba exhausto, no podía más. No me había dado cuenta de que siempre había estado luchando contra el viento contra los demás y contra mí.
Sin querer me desvivía por otros. Daba el bien más preciado que es nuestra vida a los demás. Era demasiado complaciente y cuanto más daba, menos recibía. Siempre esperaba algo. Mendigaba migajas de cariño y amor enlatado. Así no podía llegar muy lejos. Mi velero no iba a ninguna parte.
Con las manos destrozadas, la mente en blanco y sin rumbo, dejé de luchar por causas perdidas. Dejé de hacer las cosas por los demás. Lo que en un principio parecía una locura fue el mayor de los aciertos.
A partir de ese derrumbe me empecé a querer. Al principio era una sensación extraña. Nunca me había querido, nunca me había amado, pero siempre hay una primera vez. Es extraño lo sé. Amarse a uno mismo. Quererse a uno mismo. No depender de nadie ni mendigar amores imposibles. Por algo se empieza y en mi caso fue por ahí.
Empezaron a sanar mis manos heridas, mi cabeza se aclaró. Podía pensar con claridad y veía más allá del horizonte. La oscuridad a la que tanto temía empezó a gustarme. Fantaseaba con mitos y leyendas en la bóveda celeste que me llevaba a otros mundos. Empecé a perder miedos y a ganar valentía.
Aunque fuera sin rumbo y a oscuras no me importaba, tuve una corazonada. Había vaciado la bodega de mi velero de todos esos lastres que no nos llevan a buen puerto. Al fin una luz lejana y centelleante. No era una estrella. Estaba al filo del horizonte y repetía su baile de tres en tres destellos cada poco tiempo. Me daba igual hundir el barco. Llegaría a esa luz cueste lo que cueste, lleve el tiempo que haga falta o las ganas que creía perdidas. Me iba a desvivir por mí. Iba a vivir por mí. Me iba a querer, a respetar y a amar hasta llegar allí. Todo aquello que esperaba recibir en los demás resulta que está en mí. El mayor de los descubrimientos y lo tenemos tan cerca que no nos paramos a buscarlo. Creemos que lo bueno está en lo más alto de una montaña, en lo más profundo del mar o en lo más lejano del espacio. Que equivocados estamos. Lo más bonito de esta vida lo llevamos escondido en lo más profundo del corazón, justo donde no nos atrevemos a mirar.
Jordi de Mallorca ![]()
En la imagen de cabecera aparece la bicicleta de Jordi junto a la baliza de S’Estalella, situada en la isla de Mallorca, Islas Baleares.
La fotografía pertenece a ©Jordi Moll