Vivencias, recuerdos de José Rey Ripollés (4ª parte)

Nueva entrega con la narración de las vivencias y recuerdos que el viejo faro de Valencia evoca en nuestro amigo José Rey Ripollés.

-Recuerdos imborrables-

… Parece que para mí no existía otra cosa que no fuese que el faro, pero no era así. El Faro fue una maravillosa parte de mi vida, ya que me trae recuerdos imborrables a pesar del paso del tiempo. Por ejemplo, yo llevé a mis padres a conocerlo. A mi padre le encantó y eso dio pie a tiempos de grandes paseos. Volvimos juntos muchas veces, haciendo la clásica parada en la famosa “Cueva del Mero”. Otra de mis aficiones también me gustaba realizarla allí, ya que a mí me gustaba leer y disfrutaba leyendo en el faro. Solía ir con un amigo que tenía desde mi época en el colegio. Nos acomodábamos en las rocas y leíamos los dos. En mi caso, recuerdo que leía… “El viejo y el Mar” de Ernest Hemingway. Como no, el mar siempre presente.

Más adelante, conocí a una chica con la que iba prácticamente todos los domingos a pasear por el espigón del faro y también nos bebíamos unas cervezas por allí (ya sabéis donde). Aquella chica sigue vinculada a mi vida, puesto que al final se convirtió en mi mujer y es la madre de mis dos hijos. [En futuras entregas os hablaré de mis vivencias con ellos. Disfrutamos padre e hijos mucho allí, pero eso queda para más adelante].

El paseo del espigón tenía cada 100 metros unas escaleras para bajar a la parte que daba a los criaderos de la famosa clóchina valenciana, también había otro espigón cerca, parecido a una isla llamado “la Chita”, al cual sólo se podía acceder con unas pequeñas barcas de pasajeros que te daban una vuelta por todo el puerto y dejaban a un buen número de pescadores en la Chita para recogerlos a una hora convenida. En la parte de abajo y cerca ya del faro había una pequeña caseta con un hombre que parecía un marino de leyenda, bastante mayor y con gorra de capitán. Aquel hombre tenía un secadero de pulpos y bacalao, que la gente le compraba. Una tarde me animé y le pregunté cómo secaba los pulpos, ya que estaban abiertos con cañas. Era una cosa muy curiosa. Recuerdo que le compré algo y la verdad, valió la pena.

Con el paso del tiempo, un día me preguntaba por qué nunca se me ocurrió hacerme una foto por allí, y eso que tenía cámara. No lo hice porque quizás pensé que el viejo faro sería eterno. Ahora ya es demasiado tarde, puesto que no se puede acceder a él.

Continuará…

Autor: Los faros del mundo

Egresado del primer máster de "Historia y Patrimonio Naval" de la Universidad de Murcia, que pretende conseguir y difundir la mayor cantidad de información posible sobre el fascinante mundo de los faros.

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