«De vuelta al faro» por David G. Sui

Hoy os traemos un relato muy emotivo de la mano de David G. Sui. Este nuevo colaborador reside en Madrid. A David le encantan: la literatura, la poesía y la fotografía [por ese orden]. Nos cuenta que ha realizado varios cursos de relatos con Isabel Cañelles, profesora de escritura y meditación.

David nos agradece que le hayamos brindado la oportunidad de participar en el blog, pero en realidad somos nosotros los que te agradecemos que hayas colaborado en el blog con este interesantísimo relato.

De vuelta al Faro

A veces tampoco llevo bien este confinamiento y la tristeza también me moja. Aunque en estos últimos años he aprendido a ponerme un chubasquero y caminar hacia el faro, donde sé que podré calmar y descansar por un tiempo. En el faro me seco, caliento mis pies en la chimenea y miro más allá de la lumbre, con la mirada perdida, recorro mi vida y una media sonrisa ilumina mi rostro. A través de mis enfermedades y las cicatrices que se han quedado dibujadas en la piel y en el alma, aportándome unas dosis de respeto hacia mí mismo y un saber estar alerta y atento a esos pensamientos recurrentes que pueden llevarme al fondo del mar, mientras una opresión en el pecho me puede arrastrar a una nada silenciosa y paralizar mi vida. Ahora me duele la tripa, estoy tenso. El cuerpo me avisa, es hora de cambiar el foco de atención. La lluvia sigue cayendo. Dentro sentado cerca del fuego, en una silla de madera que restauré con mis propias manos, respiro profundamente mientras bebo un té verde y me quedo ensimismado, la lumbre chisporrotea por el azote del viento. Es hora de apagar la luz, abrazar el silencio y volver a la ternura de la inocencia.

David G. Siu

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Linterna del faro de Estaca de Bares (A Coruña), también perceptible por los aviones. Esta foto la hice en el verano del 2021. El faro fue erigido en 1849 a instancias de las autoridades inglesas frente a la línea que deslinda imaginariamente el Atlántico del Cantábrico. Y en el último punto adonde se llega cómodamente está pintada en una roca la latitud (43º 47’) de la punta más boreal de la Península.

«Boon Island» por Fran Sanabre

Un domingo más tenemos un nuevo relato de nuestro amigo Fran Sanabre @faroabandonado. Se trata de una historia verídica. Así que, si queréis conocer lo que sucedió hace unos siglos, acompañadnos a -Boon Island-, un faro aislado en Maine.

BOON ISLAND

No me parece el nombre más apropiado para el escenario de hechos tan macabros, donde el frío, el hambre y la locura, fueron los protagonistas. Hablo de Boon Island, o Isla Bendición. Y claro, su faro.

En 1682, el Increase naufragaba en este pequeño y yermo banco de arena, obligando a sus cuatro tripulantes a sobrevivir durante un mes a base de pescado y huevos de aves marinas. Fueron rescatados gracias a sus señales de humo, vistas desde la costa. La isla se encuentra a menos de seis millas de tierra firme y ver la salvación tan cerca y, a la vez tan lejos, no debió ser fácil, pero los marineros soportaron estoicamente hasta su rescate a manos de los indios del monte Agamenticus.

No tuvieron un comportamiento tan ejemplar los tripulantes del Nottingham Galley, encallado en el mismo lugar años más tarde, en 1710. Para sobrevivir al duro invierno se vieron obligados a comerse unos a otros.

Había que construir un faro. Un siglo después se levantaba orgulloso el más alto de todo Maine y Nueva Inglaterra, pero los problemas no cesaron. Los fareros duraban poco, abandonando aquella desolada isla para no volver. Sólo uno tuvo la entereza de permanecer en su puesto, William C. Williams, quien además lo hizo durante 27 años, muriendo anciano pasados los 90. Todo esto parece suficiente para declarar maldito este lugar, pero he guardado lo mejor para el final.

En mi trabajo de investigación he encontrado varias versiones de lo que voy a relatar, no siendo ninguna concluyente. Por ejemplo, el nombre de nuestros protagonistas no figura en el registro histórico del faro, así que serán omitidos. Hablo del farero muerto y su esposa enloquecida. En el siglo XIX, en medio de una tormenta durante un duro invierno, el cuidador de Boon Island Light ató una cuerda a su cintura para salir de la casa y atender el faro. La mujer, tras tirar con sacrificio de la cuerda para recuperar a su marido, sólo encontró el cadáver congelado del farero al otro extremo. Ahora es cuando la historia se vuelve todavía más macabra. Se acostó en la cama junto al cuerpo sin vida, alternando su peculiar velatorio con los trabajos de la torre, y así permaneció cinco días, cuidando la luz y durmiendo con un muerto. Al quinto día, unos pescadores divisaron el faro apagado y se acercaron a inspeccionar. Encontraron a la mujer en la cama junto a su esposo. Dicen que ella murió pocas semanas después debido al frío, pero que sigue empeñada en terminar el trabajo que el farero dejó a medias, encendiendo luces y sirenas, custodiando el faro. Así que, cuando pienses en el sacrificio de esos hombres, los guardianes de la luz, no te olvides de sus esposas. Ellas también los tienen bien puestos.

«Se llamaba Rue» por Fran Sanabre

Es domingo y nuestro amigo Fran Sanabre @faroabandonado nos ha enviado un nuevo relato. Se trata de una historia espeluznante. Así, que si queréis estremeceros acompañadnos a -Heceta Head-, un pavoroso faro en Oregón.

HECETA HEAD

Se llamaba Rue. Al menos ese es el nombre que un grupo de jóvenes obtuvieron tras jugar a la Ouija en el faro de Heceta Head.

En un acantilado de la costa de Oregón se erige este hermoso faro. Allí vivía su cuidador junto a su esposa y su hijo hasta el fatídico día en que sufrieron la mayor pérdida que puede golpear a una familia.

Junto a los árboles cercanos hay una pequeña tumba sin marcar, la del pequeño niño que desapareció y murió ahogado. Sí alguien osara cavar no encontraría cuerpo ni ataúd, sólo tierra y barro.

El fantasma de la mujer permanece en el faro buscando a su hijo sin descanso. Se la ha visto pasear con un vestido oscuro y el cabello largo y cano, haciendo su ronda cada noche. No le gustan los visitantes y mucho menos los cambios… Una vez fueron a pintar el faro, pero los operarios no tuvieron su aprobación y lo hizo saber activando la alarma de incendio. Los hombres quitaron las baterías, pero la alarma siguió sonando.

Así que si visitas Heceta Head no cambies nada de sitio, presenta tus respetos ante la pequeña tumba vacía y no molestes a Rue. Ella no es malvada, sólo una madre que busca a su hijo.

Buenas noches.

“Fanad Head” por Fran Sanabre

Queremos compartir con todos vosotros otro relato escrito por nuestro amigo Fran Sanabre @faroabandonado. En esta ocasión, Fran nos transporta con una historia conmovedora a -Fanad Head-, un hermoso faro irlandés .

Fanad Head

Cada año tenían una cita al anochecer en el faro de Fanad Head y cada año, Samuel repetía el mismo ritual: Ducha fría, barba arreglada, traje impecable y camisa blanca, esa camisa que a ella tanto gustaba. Llenaba una cesta de picnic, compraba flores y partía en coche desde Donegal. La civilización iba quedando atrás para dar paso a prados verdes llenos de ovejas, y un viento constante. Para llegar al faro lo hacía a través de angostos caminos por los que apenas pasaba un coche. Rezaba para no encontrarse con otro de frente. Una vez en el faro podía notar la fuerza del Atlántico, era como entrar en otro mundo. De no ser por el helipuerto, recién pintado, todo parecía estancado en el tiempo. Samuel era muy feliz allí. Recogió su llave en recepción, pues existía la posibilidad de alojarse en el faro. Dejó la cesta y las flores, cenó pronto y dio un paseo cerca de los acantilados viendo el atardecer en el mar. Unos delfines saltaron y una ballena asomó el lomo, expulsó una gran nube blanca y se sumergió dando un coletazo. Un espectáculo.

El sol se escondía tras el horizonte y Samuel observaba impaciente, contando cada segundo hasta el destello verde. Cuando no quedaba día, se encendió la linterna del faro de Fanad Head. Era el momento. Fue a su habitación y espero sentado a los pies de la cama con el ramo de flores en la mano. Alguien tocó a la puerta. Era ella.

  • Feliz Samhain, Samuel.
  • Feliz Samhain, Eileen.

Y se besaron, y se abrazaron, y a los pocos segundos todo era ropa por el suelo, pasión desenfrenada y una habitación abarrotada de suspiros, sonrisas y miradas. Hicieron el amor durante horas empañando cristales, empapando sábanas, recorriendo sus cuerpos, saboreando el aliento del otro, aprovechando cada segundo como si fuera el último. Y en mitad de la noche, corrieron desnudos por el prado. La luz del faro acarició sus siluetas, sus pieles blancas, y el viento jugaba insolente con la roja melena de la bella muchacha. Sacaron la cesta de picnic, comieron Barm Back, queso, fruta y mermelada. Hablaron y rieron enamorados. Faltaba poco para el amanecer. Volvieron a la habitación para tumbarse con las caras muy cerca y juguetear con las manos.

  • Estoy cansado, Eileen. Ella sonrió.
  • Cierra los ojos, me quedaré a tu lado.

El sol entraba por la ventana cuando Samuel Murphy despertó y puso la mano sobre el hueco vacío que había en su cama. La habitación estaba inmaculada. Tras asearse y vestirse, dejó el ramo de flores en un jarrón con agua y cerró la puerta.

Al entregar la llave en recepción le preguntaron:

  • ¿Quiere reservar para el año que viene, Mr. Murphy?
  • Por supuesto.
  • Confirmado: La habitación de siempre para la noche del 31 de octubre. ¡Ah! Su nieta ya está esperando.

La joven, que el día anterior había traído a su abuelo hasta Fanad Head, ahora lo llevaba de vuelta a Donegal.

  • Abuelo, no contestes si no quieres, pero ¿es aquí donde murió abuela?
  • Sí, enfermó al poco de tener a tu madre. Yo era el cuidador del faro.
  • ¿Y vienes cada noche de los muertos? ¿Desde cuándo?
  • Desde siempre, hace ya sesenta y dos años.

«Málaga» por Fran Sanabre

Os presentamos otro relato escrito por nuestro amigo Fran Sanabre @faroabandonado. En esta ocasión, Fran nos transporta a –La Farola– con una historia desgarradora pero juzgadla vosotros mismos.

Málaga

El 28 de agosto de 1936 se apagaba La Farola de Málaga y Carmen, llorando apesadumbrada, observaba la oscuridad desde el balcón de su casa. Con una mano secaba su cara y, con la otra, buscaba en el bolsillo una carta.

Mi amada Carmen:

Tres meses sin verte y me parecen años, quién nos iba a decir el día que me fui al servicio militar que la guerra tocaría a nuestra puerta. A mí y a otros soldados de Infantería de Marina nos han destinado al crucero Baleares. Ya no estoy en Cartagena, en el Tercio de Levante. Me tratan bien y surco los mares, como siempre habíamos soñado hacer tú y yo. Me gusta, pero me faltas tú, te echo de menos. No hemos entrado en combate, ojalá nunca lo hagamos. No quiero matar a nadie. Por seguridad no puedo decirte cuál es nuestro rumbo, aunque espero hacer escala en Málaga y poder besarte. Sueño contigo despierto y dormido, en el día que vuelva a tus brazos, en tu pelo, tus labios, tus ojos negros mirando al mar, esperándome.

Llevo tu foto en el bolsillo izquierdo, sobre el corazón, junto a la estampa de la virgen que me dio mi madre. Espero pronto ver la luz de La Farola de Málaga, donde nos besamos la primera vez, así sabré que estoy en casa. Te amo. Siempre tuyo: Antonio.

Carmen, la bella malagueña, estrelló la carta en su pecho y gritó de dolor mientras se ahogaba en llanto. Enloquecida, abandonó la idea de peligro y, decidida, se echó a la calle descalza, sólo con un vestido negro. Ya era de madrugada. Evitó ser vista y se movió como un gato por las calles secundarias al amparo de la sombra y los soportales. No se cruzó con ningún soldado de ronda, algo extraño, y llegó con facilidad a la base de La Farola. Deslizó una horquilla del pelo en la cerradura de la casa del farero y hurgó procurando no hacer ruido. Ya no le importaba nada. Casi una hora después la cerradura cedió y abrió la puerta. Nadie la había descubierto. Subió hasta la torre y encendió la linterna. Se coló hasta la pasarela y observó el mar, como si el Baleares fuera a estar allí, esperando. Luego miró al oeste, a la cuidad, y sonrió ante la belleza de Málaga. Suspiró con los ojos cerrados. Ya no volvería a abrirlos. A lo lejos se escuchó un disparo. Un beso de plomo de un francotirador alcanzaba a Carmen, que cayó sin vida desde lo alto. Todavía se la ve en el Muelle de Levante o en la pasarela de La Farola, siempre mirando al mar, esperando.

En 1993, el último farero de La Farola de Málaga, cerraba la puerta y echaba la llave. Una mujer lo sujetó del brazo. Era una joven malagueña que andaba descalza. Él ya conocía al fantasma. Se preparó para responder, como siempre que ella preguntaba:

  • Farero, ¿quién ganó la guerra?
  • Perdimos todos, Carmen.

«El piano» por Fran Sanabre

Contamos de nuevo con la colaboración de nuestro amigo Fran Sanabre @faroabandonado. Fran nos trae un nuevo relato, apasionante e intenso, pero dejemos que sea él quien nos lo descubra.

El piano

Hoy viajamos hasta el faro de Seguin Island, en Maine, donde un hombre perdió la cordura de la manera más atroz. ¿Nos vamos?

A mediados del siglo XIX, el guardián, que vivía en el faro con su esposa, decidió tener un detalle con ésta, ya que la pobre se aburría demasiado en aquel solitario paraje. Pensó cómo romper la monotonía y tuvo una idea: Comprar un piano.

¡Qué fantástica idea! Ella estaría entretenida y él disfrutaría de la música, música que rompería el silencio de la isla. Un día llegó el piano, estaban ilusionados, iban a ser muy felices con aquel fantástico instrumento.

La esposa del guardián no perdió un segundo y acomodó sus victorianas posaderas en la banqueta, eligió una partitura y comenzó a tocar. Todo era perfecto. Imagino aquella primera noche, ella tocando mientras él fumaba de su pipa en una mecedora, felices. La mujer estaba enamorada de aquella canción, así que la practicó sin descanso, y la practicó, y la practicó… La tocaba una vez, y otra vez, y otra, y otra… Comenzó a ser molesto para su esposo, que le sugirió cambiar de partitura. Ella se negó y continuó tocando lo mismo una y otra vez. Incluso aumentó la intensidad de sus sesiones. La tocaba y volvía a empezar, así durante horas, cada día, sin descanso. Tanta repetición enloqueció a su esposo.

Un día, cegado por la locura, el hombre apuntó con un hacha tanto a su esposa como al piano. Lo que sucedió después bien pudo haberlo escrito Edgar Allan Poe al más puro estilo de “El gato negro”. Sangre y astillas. Por fin silencio. Cuando el guardián del faro recuperó el sentido y supo lo que había hecho se suicidó. Hoy en día, los visitantes de la isla de Seguin dicen escuchar el tintineo de un piano.

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El aislado faro de la isla de Seguin

«Raymond» por Fran Sanabre

Volvemos a contar con la colaboración de Fran Sanabre @faroabandonado y de su mano vamos a conocer a Raymond. Si queréis saber quién es y su relación con los faros, seguid leyendo.

Raymond

Hay un lugar en la costa de Gales donde existe un faro abandonado, el de Point of Ayr, también conocido como el faro de Talacre. Os suena, ¿verdad? Os contaré más, pero no me sigáis hasta él, por vuestro bien. Iré solo. Sólo puedo acceder a él durante la marea baja por ese camino de piedra que se ve en la foto. Con la marea alta queda rodeado de agua y no es aconsejable quedarme allí aislado. Sube la marea y es de noche, tengo que darme prisa.

Construido en 1776 y dado de baja sobre 1840 (ni un siglo duró el pobre), ha estado abandonado mucho, mucho tiempo. El último farero, del que sabemos que se llamaba Raymond, murió en el faro. Raymond murió de fuerte fiebre y se ve que su espíritu quedó aquí atrapado en una eterna guardia. Pero nuestro fantasma el farero se siente solo y busca compañía a toda costa. A toda costa…

El fantasma se pasea por la pasarela de la linterna, deja sus huellas en la arena cuando la marea está baja e incluso ha encendido el faro. Pero es su soledad lo que hace que sea peligroso. Son varios los casos de visitantes que, tras estar en el faro de Talacre, sufren de altas fiebres. ¿Será cosa de Raymond? No sé, pero yo ya me voy de aquí, por si acaso. Ha subido la marea, toca nadar en la oscuridad.

Ya he dejado atrás el faro y siento que me quedan cosas por contar, que apenas os he hablado de este fantasma ni del viejo faro abandonado. Pero me tengo que marchar, estoy empapado, me duele la cabeza y me siento muy cansado.

… Creo que tengo fiebre.

Visión introspectiva de un faro por Fran Sanabre

Os presentamos una nueva e interesante colaboración. Contamos con la participación de Francisco S. A., aunque a él le gusta firmar con el acrónimo Fran Sanabre. De Las Palmas de Gran Canaria, como buen isleño no puede vivir sin el mar. Ama la literatura y escribe por diversión, con humildad y sin pretensiones. También ama los faros y un día juntó ambas pasiones en un breve relato. «¿Y si dieran de baja un faro en un remoto islote y dejaran abandonado al farero?» pensó. La idea le resultó trágica, pero en toda tragedia se atisba romanticismo. Y más si hay un faro.

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Faro de Talacre en Gales

Mi Faro

Soy farero en un faro abandonado. Por esta vieja ruta ya no navegan barcos. No llegan provisiones, ya me han olvidado, y como lo que pesco y me remedio sin tabaco. Enciendo la luz cada noche, que ya no alumbra a ningún lado, que no cobija ni da amparo, que es fría, que muere, olvida… <<Por la mañana la apago>>, pienso desconsolado. No duermo, estoy delgado, ya ni leo, ni sueño, ni hago, ni maldigo y enrabieto, ni soy feliz ni enfado. Quiero olvidar a todos, mi familia, mi pasado, quiero olvidar porque duele, y duele que duela, y duele no ser más fuerte para no sentirme desgraciado. Ojalá fuera listo, ojalá hubiera estudiado. Ojalá no fuera un loco, no estaría solo, hablando solo, sólo porque ni libros me quedan que, de frío y locura, los he quemado. Escribo un mensaje en una botella que lanzo con fuerza al mar bravo, mar bravo que la devuelve a la playa donde mi faro. Náufrago a propósito por la vida que he tomado, pero a veces sueño que avisto la luz de un barco.

Fran Sanabre ha creado hace poco un blog llamado «Cuentos del Purgatorio». Desde esta página os animamos a que lo sigáis para poder disfrutar de sus relatos.

 https://cuentosdelpurgatorio.blogspot.com/